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La ciudad difusa

Las ciudades americanas. Magazine La Vanguardia. 25 de mayo de 2003

  • Los ciudadanos estadounidenses no viven en ciudades.
  • Hace años que optaron por el suburbio amplio, con casa, árboles, barbacoa, autopista y un centro comercial que colma todas las necesidades.
  • Las distancias son largas, se necesita el coche a todas horas.
  • Y la vida social requiere mucha organización, porque no es fácil encontrarse casualmente.
  • Pero es el orden americano, un modo de vida que les permite sentirse protegidos en sus casas cómodamente sentados en sus sofás.
  • Y que les confirma que ellos viven en el mejor mundo posible.

La mayoría de los estadounidenses ya no sabe lo que es la vida urbana. Hace años que empezaron a salir de las ciudades en busca de mayores espacios y mejores calidades de vida. Todo lo que pedían al progreso era una casa con jardín, rodeada de árboles, cerca de una escuela, un templo, un centro comercial y una autopista. Los centros urbanos se despoblaron y empobrecieron. Sólo Nueva York resistió la imparable sangría de habitantes. Una vida en los suburbios culminaba el sueño americano y nadie quería renunciar a él.

Los suburbios abrieron la puerta a la vida posturbana. Consolidaron su crecimiento con todo tipo de servicios. A partir de los años 90, los ciudadanos exigían tiendas de moda, librerías, hospitales, guarderías, instalaciones deportivas, cines, teatros y restaurantes. Ya no querían ir al centro a disfrutar del tiempo libre. La demanda, como siempre sucede en Estados Unidos, creó la oferta. Los suburbios se llenaron entonces de servicios, y los servicios atrajeron a las compañías de la economía postindustrial. Empresas de alta tecnología ocuparon torres de cristal, construidas junto a estaciones de metro y nuevas autopistas. La riqueza se desbordaba.

Los felices años noventa permitían todo tipo de excesos. Condados como los de Montgomery (Maryland), Westchester (Nueva York), Orange y Marin (California) y Dade (Florida), articulados en torno a un potente centro posturbano, marcaban y siguen marcando el rumbo que seguir: Y es que la crisis económica y la guerra contra el terrorismo no han desviado la transformación de la sociedad suburbial en otra posturbana más rica, segregada y sostenible porque la concentración de servicios cerca de casa corta drásticamente los viajes al centro de la ciudad. Las distancias, sin embargo, siguen siendo muy grandes, y el vehículo es una herramienta no sólo para superar el territorio, sino también para articular la vida social. Necesitas un coche para ir a la barbacoa del vecino y si lo compartes con él, podrás disfrutar de un carril despejado de autopista en las horas punta.

La segregación voluntaria también marca la vida posturbana. Negros, blancos, hispanos y asiáticos viven separados aunque canten las mismas canciones patrióticas y compartan los ideales de progreso y democracia. La Universidad de Wisconsin, en Milwaukee, demostró en el 2002 que más de la mitad de la población vivía en barrios monorraciales, donde más del 90% de los habitantes era de un color. Si en 1980 el 63% de los alumnos asistía a una escuela pública dominada por una minoría, es decir; donde nueve de cada diez niños eran de una raza minoritaria, en 1998 lo hacía el 70%. Los Ángeles, Nueva York, Newark, Chicago, Detroit y Milwaukee son las ciudades que más acusan la segregación.

La vida posturbana y segregada responde al individualismo que los pioneros trajeron de Europa en el siglo XVII. Autorresponsabilidad, autosuficiencia y autoexpresión eran y siguen siendo los tres ejes esenciales del modelo de vida americano. El progreso, además, protege al individuo de los imprevistos de la vida. Cada día hay menos motivos para pedir ayuda al vecino.

Ha sido así como los americanos, encerrados en su confort, han ido perdiendo capital social. Cada vez se relacionaban menos, y en este aislamiento el sociólogo Robert Putman vio, en 1995, el principio de un gran desastre. Si todos acababan jugando solos a bolos, la democracia estaría en peligro y, con ella, también la educación, la seguridad y la confianza en las instituciones. La única vía de salvación pasaba por potenciar la comunidad, pero ¿cómo hacerlo? Los americanos recelan de los grupos. El 25% de los cien millones de hogares, además, está habitado por personas que viven solas.
Los americanos, al mismo tiempo, tienen más hijos que cualquier ciudadano de cualquier otra democracia postindustrial. Más de cuatro millones de niños nacen cada año. Cuidar de ellos supone un gran esfuerzo para los padres. Más del 70% de las familias con hijos tiene a los dos padres trabajando.

El trabajo más el transporte alargan los días hasta el extremo de que no hay tiempo ni ganas para cocinar. Los alimentos precocinados, reforzados con vitaminas, reinan en la neveras, los congeladores y los microondas. Los hornos americanos superan ampliamente los 60 centímetros de ancho de los hornos españoles, y allí, junto a las máquinas blancas de gran capacidad, es donde hay que colocarse para comprender la verdadera dimensión de Estados Unidos. Es en los espacios interiores y egocéntricos donde los 9,3 millones de kilómetros cuadrados que tiene el país más poderoso del mundo adquieren sentido.

El país del egocentrismo, sin embargo, también es el país de la generosidad social. La beneficencia es un producto de genuina moral americana porque combina el espíritu de los pioneros con el capitalismo y la religión. La vida comunitaria tiene, así, un sentido más trascendental, y las personas que viven solas satisfacen en sus templos espirituales, deportivos y culturales la necesidad de una familia perfecta.

La vida posturbana, de todas formas, fomenta la soledad y ésta se combate, sobre todo, visitando un centro comercial en fin de semana, teniendo hijos y regulando las relaciones sociales. Las invitaciones a cenar son con hora de entrada y salida, y es mejor dar las gracias con una "thank-you note", por escrito.

Es así, dentro de este orden, como los americanos pueden seguir cómodamente sentados en sus sofás viendo cómo el mundo discurre inofensivamente por su televisor. El espacio interior se disfruta mejor sabiéndose a salvo de todos los males del mundo extranjero. Las casas, por tanto. son santuarios inviolables, lugares sagrados para el hombre que se hace a sí mismo, refugios, en definitiva, donde reafirmar la bondad del sistema y reforzar la convicción de que el mejor mundo posible es americano.

XAVIER MAS DE XAXÀS ha sido corresponsal en Washington durante seis años y prepara un libro sobre el modo de vida en Estados Unidos.


Cuestiones:

—1. Caracterizad el estilo de vida que impone una urbanización difusa y especializada del territorio, al estilo de las ciudades americanas analizadas en el texto.

—2. Analizad las repercusiones de tipo ambiental que supone este estilo de vida en comparación al modelo más mediterráneo de ciudad compacta y compleja.

Estableced una comparación, desde el punto de vista de sostenibilidad ambiental, entre el modelo de ciudad americano y el modelo europeo más compacto:

Aspectos analizados en relación a la sostenibilidad ambiental Modelo americano: Ciudad difusa, especializada y segregada Modelo europeo: ciudad compacta, compleja e integrada
     
     
     
     
     
     
     
     
     

 
Los Angeles
Houston
Houston
Miami
Houston
Sun City, Arizona
 
Las imágenes pertenecen al libro "La fotografía del territorio'" de Alex S. MacLean, Incluidas en el reportaje de Xavier Mas