Los pájaros de Bangkok. Manuel Vázquez Montalbán. Ed. Seix Barral. Barcelona. 1984.
Pg.88


" Recuperó el coche en el parking de La Garduña y recorrió el camino habitual para llegar hasta Vallvidrera, pero una vez en la encrucijada de caminos que iban hacia el Tibidabo o Las Planas, cogió el segundo y salió por la espalda de la sierra, con el coche apuntando hacia el Vallés, en un descenso majestuoso por la montaña umbría, casi selvática, con lianas y murmullos de jungla en las torrenteras despeñadas entre bosques atrapados por la maleza.

Al terminar el descenso la carretera se metía por un pequeño valle que de vez en cuando se abría a explanadas generosas donde las clases populares disfrutaban de comidas domingueras, con tortilla de patatas o paella y salto a la cuerda o mini partido de fútbol familiar y fascinación boquiabierta ante el milagro del crepúsculo sobre las montañas, un espectáculo gratuito y de qualité, casi siempre en technicolor.

Cambiado el horario de verano, la luz del día otoñizaba. Se desvió al llegar al indicador de La Floresta y entró en el reino del pequeño chalet enmohecido por la generosa humedad del valle, chalets de arquitectura de aluvión, reducción a escala del mal gusto de la burguesía estraperlista de la posguerra. compartido por el mal gusto de la pequeña burguesia pequeñamente estraperlista o ahorrativa que había hecho realidad el sueño de "la caseta i l'hortet" en las estribaciones de los lomos umbríos de la sierra que cerca a Barcelona y deja a su espalda la apertura aparentemente sin límites del Vallés Occidental.

Chalets minimodernistas, minifuncionalistas o modernistas de cintura para arriba y racionalistas de cintura para abajo, o ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, vejez, abandono, y sobre todo obsolescencia del veraneo de medio pelo. (...)

Estas urbanizaciones han perdido su oportunidad de ser una alternativa residencial a los barrios barceloneses, donde la piqueta ha diezmado viviendas unifamiliares con su acacia y su palmera, incluso su estanque con pez de color, uno más en la familia.

Envueltas en las nieblas de la humedad y condenadas por la irresolución de su propio estilo, han visto cómo los nuevos profesionales liberales se iban más allá, a vivir a Sant Cugat, donde hay universidad y campo de golf, calefacción central y farmacias, incluso un restaurante argentino y una fromagerie, elementos indispensables para considerar habitable cualquier pequeña ciudad catalana fin de milenio.

Pero a Carvalho le gusta el carácter obsoleto de estas urbanizaciones, en otro tiempo sueño de retorno a la naturaleza de unas gentes que aún ignoraban que la ciudad iba a ser más monstruosa de lo que podían imaginar con una imaginación tan pequeña como sus deseos. Estas casitas les permitieron recuperar el caracol y el jilguero, el gusano y la garza, el renacuajo y la tempestad."