(Narcís Oller. El transplantat, p. 41)

“Aquell mutisme enmig de la multitud era una de les coses que més el posaven de mal humor. Recordava que en el seu poble tothom el saludava, i no podia avenir-se a travessar per entre mils i mils de persones com ombra indiferent.

Per això, enmig del soroll confós de la multitud, en Daniel hi trobava un silenci glacial molt més trist que el de la quietud i la soledat. Per això, a voltes, les cames se l’emportaven instintivament a indrets solitaris; i , un dia que en Miquelet se n’estranyà, son pare li respongué que el moviment l’entristia, que el centre de Barcelona li produïa l’efecte d’un cementiri on els morts es passegessin.”

 

(Narcís Oller. La Papallona, p. 137)

“I aquests temors li tenien el pit oprimit com no se l’hi avia sentit mai en ses majors desventures; li feien escurçar el pas i anar com a les palpentes per entre aquella mar de gent indiferent, que l’empenyia i colpejava com les ones un cos mort.”

 

Crónica sentimental en rojo. Francisco González Ledesma. Barcelona, 1984. Ed Planeta.

Pg. 168
"-Por eso te digo que cada uno tiene su área de combate, sus doce cuerdas, y normalmente no sale de ellas. Las chicas de mi clase no conocen a los hombres de Pueblo Seco sencillamente porque no les interesan, porque no entran en su terreno de juego. ¡Si eso incluso pasa con otras clases sociales más abiertas! Por ejemplo tú, un hombre de Montjuic y de la calle Nueva, ¿cuántas veces has ido a la barriada de La Mina?

-Nunca -reconoció Richard.

-¿ y a Nueve Barrios?

--Nunca.

-¿Sabrías ir en coche?

-La verdad, supongo que no.

-¿Conoces a alguien de allí?

-Cierta vez hablé con una comisión de padres de familia de La Mina. Gente fantástica, pero acorralada. Sales a la calle y, ¡zas!, tu hijo que te clava un estilete en un huevo. Hablé con ellos cinco minutos y nunca más he vuelto a tener contacto con aquella gente. Incluso en la cárcel, mis amigos y yo nos manteníamos apartados de los de La Mina.

-¿Lo ves? Tú mismo has establecido tu ghetto en tu propia ciudad. Barcelona está llena de ghettos, y es natural, porque cada uno se construye el suyo, lo más alto posible, y procura que no le hagan salir de él. No conocemos más que nuestras calles y nuestra gente.
No vamos más allá del punto a donde llega nuestro aliento. Por eso para mí, mujer de Pedralbes, de las escuelas de marketing altamente especializado y de cenas muy privadas en la Font del Lleó, es una novedad tu mundo.
Yo creo en ese mundo tuyo, Richard. y es auténtico. Y está lleno de seres que son verdad. Pero quiero que salgas de él."

 

Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa. Ed. Seix Barral. Barcelona, 1984

"El Monte Carmelo es una colina desnuda y árida situada al noroeste de la ciudad. Manejados los invisibles hilos por expertas manos de niño, a menudo se ven cometas de brillantes colores en el azul del cielo, estremecidas por el viento, asomando por encima de la cumbre igual que escudos que anunciaran un sueño guerrero. (...)

La colina se levanta junto al Parque Güell, cuyas verdes frondosidades y fantasías arquitectónicas de cuento de hadas mira con escepticismo por encima del hombro, y forma cadena con el Turó de la Rubira, habitado en sus laderas, y con la Montaña Pelada.

Hace ya más de medio siglo que dejó de ser un islote solitario en las afueras. Antes de la guerra, este barrio y el Guinardó se componían de torres y casitas de planta baja: eran todavía lugar de retiro para algunos aventa­jados comerciantes de la clase media barcelonesa, falsos pavos reales de cuyo paso aún hoy se ven huellas en algún viejo chalet o ruinoso jardín. Pero se fueron.

Quién sabe si al ver llegar a los refugiados de los años cuarenta, jadeando como náufragos, quemada la piel no sólo por el sol despiadado de una guerra perdida, sino también por toda una vida de fracasos, tuvieron al fin conciencia del naufragio nacional, de la isla inundada para siempre, del paraíso perdido que este Monte Carmelo iba a ser en los años inmediatos.

Porque muy pronto la marea de la ciudad alcanzó también su falda Sur, rodeó lentamente sus laderas y prosiguió su marcha extendiéndose por el Norte y el Oeste, hacia el Valle de Hebrón y los Penitentes. En su falda escalonada como un anfiteatro crece la hierba de un verde amargo, salpicada aquí y allá por las alegres manchas amarillas de la ginesta.

Una serpiente asfaltada, lívida a la cruda luz del amanecer, negra y caliente y olorosa al atardecer, roza la entrada lateral del Parque Güell viniendo desde la plaza Sanllehy y sube por la ladera oriental sobre una hondonada llena de viejos algarrobos y miserables huertas con barracas hasta alcanzar las primeras casas del barrio: allí su ancha cabeza abochornada silba y revienta y surgen calles sin asfaltar, torcidas, polvorientas, algunas todavía pretenden subir más en tanto que otras bajan, se disparan en todas direcciones, se precipitan hacia el llano por la falda Norte, en dirección a Horta y a Montbau.

Además de los viejos chalets y de algún otro más reciente, construido en los años cuarenta, cuando los terrenos eran baratos, se ven casitas de ladrillo rojo levantadas por emigrantes, balcones de hierro despintado, herrumbrosas y minúsculas galerías interiores presididas por un ficticio ambiente floral, donde hay mujeres regando plantas que crecen en desfondados cajones de madera y muchachas que tienden la colada con una pinza y una canción entre los dientes.

 

Manuel Vázquez Montalbán. El laberinto griego. Ed. Planeta. Barcelona.1991.

Pg. 72.
-Vive por una zona que se llama Pueblo Nuevo y a medianoche se acerca a una casa de comidas, en una plaza, no sabe el nombre. Al final de la rambla del Pueblo Nuevo. Vive en alguna de las fábricas abandonadas por aquella zona. ¿La conoce usted?

-La conozco. Se llama Pueblo Nuevo, pero ya tiene poco de nuevo. Es un barrio que creció a finales del siglo pasado y comienzos de éste, industrial y popular. Ha envejecido rápidamente, como todo lo pobre, y está a la espalda de la futura Villa Olímpica, lleno de fábricas y almacenes abandonados..."

 

Los mares del sur. Manuel Vázquez Montalbán. Ed Planeta. Barcelona. 1987

"San Magín crecía al fondo de una calle desfiladero entre acantilados de edificios diferenciables, donde coexistía el erosionado funcionalismo arquitectónico para pobres de los años cincuenta con la colmena prefabricada de los últimos años.

San Magín sí era un horizonte regularizado de bloques iguales que avanzaban hacia Carvalho como una promesa de laberinto. Está usted entrando en San Magín. Proclamaban los cielos y añadían: Una ciudad nueva para una nueva vida. La ciudad satélite de San Magín fue inaugurada por Su Excelencia el Jefe del Estado el 24 de junio de 1966.

Constaba en una lápida centrada sobre el obelisco que entorpecía la desembocadura de la urbanización de doce manzanas iguales, diríase que colocadas por el prodigio de una grúa omnipotente.

Las aristas de hormigón cortante dolían en los ojos y no compensaban el intento de humanización de las mujeres vestidas con batas de nailon acolchadas, ni el sordo rumor de humanidad que salía de cada nicho, un rumor que olía a sofrito y a humedad guardada en armarios empotrados.

Repartidores de butano, mujeres en seguimiento de una cotidiana senda de supermercados, pescaderías llenas de peces con ojos grises y tristes, Bar el Zamorano, El Cachelo, Tintorería Turolense, Ocasión: hay blancos murcianos, Libertad para Carrillo, Vosotros, fascistas, sois los terroristas, Clases particulares para niños atrasados, Parvulario Hamelín.

Cada una de estas palabras era un milagro de supervivencia, como si fueran vegetación crecida del hormigón. Cada fachada era un rostro lleno de cuadrados ojos despupilados condenados a ir oscureciendo sobre una lepra granulada."