Miguel de cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo LXI

"En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche (...)

(...) no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el oído: aunque al mesmo instante alegraron también el oído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, «¡trapa, trapa, aparta, aparta!» de corredores que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la aurora al sol (...)

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa (...) dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos."

Manuel Vázquez Montalbán. Tatuaje. Ed Planeta. Barcelona. 1986

Pg.151
"Se despertó tarde y no bajó a la ciudad hasta después de comer. Le costó malgastar la tarde paseando por el viejo barrio gremial que rodea el Borne. Las viejas callejas tejen un laberinto a veces umbrío, a veces bañado por un sol filtradizo y cariñoso con las piedras grises.

Los bordes gastados de las casas, los jaramagos crecidos en cualquier grieta donde la arenisca de la erosión dejó blanduras para las raíces, los escudos heráldicos sobre los portales, el silencio sólo roto por el forcejeo de los mozos de almacén o el tañido de herramientas lejanas, fugitivo de los portones entreabiertos de hondos talleres iluminados por bombillas de veinticinco watios, bombillas ciegas por las cagadas de mosca y la película de un polvo antañoso.

Los coches permanecían aparcados en las calles menos estrechas, pero apenas circulaban. Bebió agua en la fuente situada frente a la iglesia de Santa María del Mar, compró aceitunas de distintas clases en una tienda de pesca salada y se las fue comiendo en compañía de un panecillo tierno que había encontrado solitario, casi abandonado en la despoblada alacena de la primera panadería abierta de la tarde..."

 

Manuel Vázquez Montalbán. El laberinto griego. Ed. Planeta. Barcelona.1991.

Pg. 67.
"Les hizo meterse en las tripas del Barrio Chino, en sus rescoldos de prostitución barata marginada por los terrores del SIDA, otra vez las inevitables Ramblas y la desembocadura en el puerto, con la perspectiva primera y luego la toma de tierra del Moll de la Fusta.

Edificios neoclásicos al servicio del poder militar, alguna pincelada neogótica, comercios marítimos, una plaza neorromántica, el escaparate de posmodernidades que configuraba la remodelación del paseo culminado por la gamba gigantesca del diseñador Mariscal. (...)

Respaldados por las naves, el mar estanque, los tinglados obsoletos a medio derribar, los nervios férricos de torreones de antigua eficacia atravesaron el paseo y la plaza de Medinaceli para buscar el callejón donde se ubicaba el estudio de los Dotras.

Todas las puertas estaban abiertas y la luna llena estaba puesta sobre los miserables tejados."