La ciudad de los prodigios. Eduardo Mendoza. Ed Seix Barral. Barcelona. 1986
Mientras tanto la Exposición Universal languidecía. La opinión pública se burlaba abiertamente de los organizadores e indirectamente, a través de ellos, del gobierno de Primo de Rivera. Con este pretexto ponían de manifiesto su repulsa al dictador. A pesar de la censura nadie se recataba de comparar la Exposición del 29 con la del 88: sobre aquélla recaían las críticas más acerbas; de ésta en cambio todo el mundo se hacía lenguas; nadie quería recordar los problemas que había suscitado en su día, las disputas y animosidades de entonces, el déficit con que había gravado la ciudad. Ahora el barón de Viver se arrepentía de no haberse mostrado más intransigente. Para acabar en esta charlotada, cuya ridiculez nos salpicará a todos, hemos hipotecado nuestra ciudad, solía decir en tono plañidero. No tardó en cesar en su cargo. también Primo de Rivera, que había sido el instigador principal de la Exposición, en cuyo éxito había cifrado tantas esperanzas, se vio obligado a admitir lo insostenible de su posición, a darse por enterado de su impopularidad. En enero de 1930 presentó su renuncia al Rey, que la aceptó sin disimular su beneplácito. El dictador depuesto se exilió inmediatamente a París, donde vivió unos meses solamente: allí murió el 16 de mayo de 1930, cuando faltaban unos días para que se cumpliera el primer aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de Barcelona. Cuatro años más tarde el propio Alfonso XIII abdicaba la Corona de España y partía al exilio. A estos acontecimientos siguieron otros igualmente importantes. De ellos algunos fueron jubilosos y otros aciagos; luego éstos y aquellos fueron amalgamados por la memoria colectiva, acabaron formando en esa memoria una sola cosa, una cadena o pendiente que llevaba ineluctablemente a la guerra y a la hecatombe."
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