Manuel Vázquez Montalbán. Tatuaje. Ed Planeta. Barcelona. 1986

"En un restaurant gallego situado frente a la iglesia de Santa María del Mar se tomó un tazón de caldo y una ración de queso tiernísimo, algo insípido... Buscó la salida hacia la Vía Layetana...

Se metió en un cine... A la salida se descubrió contento por la perspectiva que se le ofrecía de tomarse una horchata helada, ir a buscar el comienzo de las Ramblas y recorrerlas en sentido descendente, a aquella hora en la que la frescura del atardecer ha repoblado el paseo central de peatones y contemplativos seres que bajo los plátanos y desde las sillas de tijeras convierten a los demás en espectáculo inagotable. Dudó entre comprar un periódico o cinco duros de «iguales» al ciego de la esquina de la calle Buen Suceso. Escogió los iguales.


Se metió en el estacionamiento de la calle Pintor Fortuny en busca del coche. Lo difícil era conseguir un sitio para aparcar cerca de la peluquería de Queta, desde donde pudiera controlar la salida de las peluqueras.

Buscó nuevamente las Ramblas por la calle del Carmen. El desfiladero gris desembocaba en el esplendor barroco de la iglesia de Belén y en la refrescante estampa de los puestos de flores del paseo central. Metió el coche en el río circulante hacia el puerto. La lentitud del embotellamiento le permitía recuperar muchachas rebasadas por súbitos aceleramientos y gozar como un mirón con posibilidad de huida del espectáculo del hervor de sombras frescas que manchaban las Ramblas de nocturnidad.

Era como un universo completo que empezaba en el puerto y desembocaba en la enorme mediocridad de la plaza de Cataluña. Las Ramblas habían conservado el sabio capricho de las aguas descendentes que le habían dado origen. Tenían voluntad de aguas con destino, como las gentes que las recorrían a todas las horas del día, despidiéndose con morosidad de los plátanos, de los kioskos policrómicos, del caprichoso comercio de loros y macacos, del mercenario jardín de los puestos de flores, de la arqueología de los edificios que marcaban tres siglos de historia de una ciudad con historia.

Carvalho amaba aquel paseo como amaba su vida, porque le parecía insustituible.

Preparó la maniobra de adentrarse en las callejas del barrio chino en cuanto superó la entrada del Liceo. La impaciencia de los coches que le seguían le impidió estudiar con atención las posibilidades de aparcar cerca de la peluquería. Dio una vuelta completa para recuperar las Ramblas y volver a sumergirse en la economía de las calles casi ciegas de estrechez y de noche.

Subió el coche sobre la acera. Eran las ocho de la tarde y muy poco probable que a aquellas horas el celo de los guardias urbanos se mantuviera tan despierto como durante el resto del día..."