Volar bajo es peligroso.

Contra el viento, alto y deprisa Cuando empecé a pilotar, mi angustiada madre, ya que no podía disuadirme de tan insólita locura, me recomendó que, por lo menos, tuviera mucha prudencia: «Vola baixet i a poc a poc fill meu! Era un entrañable pésimo consejo: no hay nada tan peligroso para un avión como volar despacio, y encima a poca altura. En realidad, los aviones no pueden volar despacio, por definición. Se mantienen en vuelo, justamente, gracias a la fuerza de sustentación generada por el aire que se desliza a gran velocidad a lo ancho del perfil del ala. Sucede que, a causa de la forma cóncava del perfil alar, la lámina de aire que recorre la parte superior del ala se avanza con respecto a la lámina que recorre la parte inferior, lo que crea un vacío relativo que tira del ala hacia arriba y por eso el avión se aguanta suspendido. Cuanto más deprisa va el avión hacia adelante (o sea, cuanto más deprisa va pasando el aire para atrás), mayor sustentación presenta el aeroplano. Por eso lo difícil es volar despacio, porque la sustentación disminuye con la velocidad menguante, hasta llegar a ser incluso insuficiente por debajo de unos determinados mínimos. Por otro lado, el aire suele estar caliente cerca del suelo, lo cual es malo para volar. En efecto, el aire caliente es poco denso, con lo que su capacidad de sustentar es menor. Es como nadar en agua dulce. También por eso se vuela mejor en invierno. Así pues, el arte de volar es bastante paradójico: la seguridad crece con la altitud (dentro de un orden), con la velocidad (hasta cierto punto) y con el frío (sin pasarse). Pero hay más paradojas: hay que despegar contra el viento. No conozco a nadie que ya se lo oliera de antemano o que lo comprenda a la primera: lo aparentemente lógico sería levantar el vuelo dejándose llevar por el viento. Pero eso no sería volar, sino ser arrastrado por el aire La vida también se pilota así, si bien se mira: contra el viento, alto y deprisa. Volar bajo es peligroso. Las personas que viven tocando tierra se engañan con la falsa esperanza de recibir tan sólo un golpe suave en caso de caída. En realidad, no hay nada tan seguro como poner aire de por medio, o sea grosor existencial, altura de miras. Uno no puede limitar sus aspiraciones al batacazo soportable, entre otras razones porque nadie se estrella nunca muellemente: es imposible capotar con elegancia, siempre se quiebran muchas cosas cuando uno se desploma. Lo prudente es volar alto y encarar los vientos, dominar el planeo y verlas venir. La prudencia es enemiga de la pusilanimidad: los timoratos acaban siendo temerarios. Los buenos navegantes, en caso de galerna, prefieren el mar abierto, lejos de la costa y sus peligrosos rompientes. Los temporales hay que capearlos con espacio de maniobra. Las águilas nunca se caen, mientras las gallinas chocan incluso con su propio bebedero en sus cortos vuelos rasantes. Ramon Folch. El vicio de mirar. Pasiones y paisajes
de un ecólogo. 2000. Ed. Planeta |
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—1. Resumid brevemente el texto. —2. Se desprende del texto que hay que vivir contra el viento, alto y deprisa? Explicad el significado de la metáfora utilizada por el autor. |