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¿Para qué sirve viajar?

Excursionistas, turistas, viajeros...

El elemento "excursionismo", que nació relacionado con los viajes de un sólo día, no nos retendrá demasiado tiempo. Los que hoy lo practican campan por sus fueros en todo el mundo, vomitando en los transbordadores, arrojando sus latas de bebida efervescente a los estanques de nenúfares del Taj Mahal, o pintándole los dedos de los pies a la copia del David de Miguel Angel que se alza en la Piazza della Signoria.

¿Por qué se empeñarán los incultos filisteos en ir a Florencia y los vándalos a Venecia, cuando podrían gastarse el dinero en vídeos repulsivos y quedarse en casa? Son al turismo lo que los «hinchas» al fútbol, un estruendoso estorbo aun en los casos en los que no causan más daños materiales que viciar la atmósfera.

Subclase nacida en la era de la opulencia, este género de excursionistas, al igual que los menesterosos, están siempre entre nosotros. No nos cabe sino confiar en que no se cruzarán nuestros caminos.

Los turistas, por lo menos, abrigan las mejores intenciones, incluso aquel paradigmático americano que le dijo a su mujer que se «hiciera» el interior de la abadía de Westminster mientras él se «hacía» la fachada exterior. Van a Florencia para poder contar que han visto los tesoros de los Médicis, no para orinar en la fuente de Neptuno.

El conflicto es que un millón de pares de zapatos pisotean año tras año, desgastándolos, los valiosísimos mosaicos de la galería Uffizi. Y Venecia se atesta tanto de visitantes, que los «eurocares» han de hacer marcha atrás en el paso elevado.

Los turistas son las langostas del viaje, devorando cultura y patatas fritas en análogas proporciones, creando una industria de miles de millones de dólares, pero destruyendo gradualmente cuanto se ofrece a sus ojos.


¿Quiénes son pues los viajeros? En los tiempos que corren, se han convertido en una mera ficción de sus propias imaginaciones... descontando a los exploradores y unos cuantos expedicionarios “bona fide” que hacen caminatas por el Himalaya.

Los viajeros se ven a sí mismos en el paquebote del canal de la Mancha con una pipa de brezo que tira a pedir de boca y una guía Baedeker encuadernada en rústica, de puntas retorcidas, en el bolsillo sobrepuesto de su abrigo de lana. En realidad, es más que probable encontrarles enfriándose los inactivos pies en Heathrow o Barajas, exactamente igual que todos los demás que buscan solo nieve.

Los viajeros son, aceptémoslo, turistas, aunque añadiré -si se me permite decirlo sin acusarme de esnob- que con una mejor imagen de marca. Y la tienen por una razón, porque no incrementan el agobio de la temporada turística: no les hallamos secándose la frente en Pompeya en plena canícula estival. Tampoco cazan en manada, y mucho menos si el domador de esa manada es la correspondiente agencia.

Los viajeros son precursores. Allí donde ellos llegan, otros les seguirán. Muchos de los centros que son ahora clisés turísticos eran apacibles rincones cuando, de forma casual, dio con ellos un trotamundos, el cual lamentablemente no pudo resistirse a la tentación de describírselos más tarde a sus amistades.

A medida que Europa se llena y se erosionan las escalinatas de mármol, los viajeros ensanchan sus miras más y más lejos: Tailandia, Birmania, Brasil o Malasia. Mas lo cierto es que, por lo general, ya no se les puede llamar innovadores: estos baluartes del imperio del turismo han sido construidos para ellos por los tour operators que, a su vez, han sucumbido a la seducción de la germinante industria hotelera de tan remotas naciones.

¿Por qué no? El viajero de hoy no quiere dormir en tienda ni lavarse en arroyos...
¿Qué puede, así las cosas, argumentarse en favor del viajero? ¿Qué pretende? ¿Para qué viaja?

Viajar abre la mente,

Viajar alimenta la curiosidad.

Viajar activa la buena suerte.

Viajar da experiencia.

Por encima de todo, el viajero halla tiempo -o lo fabrica- para parar y mirar. En el Louvre, el turista va directo hasta la Mona Lisa, se queda boquiabierto unos segundos, compra una postal del cuadro y corre a reponerse a la croissantería más cercana o, lo que es peor, a un McDonald's. El viajero absorbe todas las salas que es capaz de digerir en una ronda, y luego cosecha la recompensa del virtuoso: un almuerzo excelente en un bistro catalogado en la guía Michelin.

Cuanto más lo estudio, más manifiesto se hace en mi mente que debo establecer aún otra comparación entre el viajero y el turista. Aquél se lo pasa mejor, mucho mejor. Turismo es sinónimo de agotamiento con pocas compensaciones. Viajar es gozar y almacenar futuros recuerdos. Para eso Sirve.

Keith Waterhouse. Teoría y práctica del viajar.


Qüestions:

—1. Abrid un debate sobre la actitud al viajar y la posible distinción entre excursionistas, exploradores, turistas y viajeros

—2. Haced un resumen de los principales argumentos que sostienen los diferentes puntos de vista enfrentados.