América
Cuando Karl Rossmann, un mozalbete de dieciséis afios, a quien
sus pobres padres mandaban a América porque había sido
seducido por una criada que después tuvo un hijo suyo, entraba
en el puerto de Nueva York, a bordo del barco que ya aminoraba su marcha,
vio de pronto la estatua de la Libertad, a la que ya venía observando
desde hacía rato, como si un rayo de sol más intenso la
iluminara. El brazo con la espada surgió como en un movimiento
renovado y alrededor de su figura se agitaron los vientos libres.
«¡Qué alta!», se admiró(...)
(...)
-¿O sea que está usted libre? -preguntó.
-Sí, estoy libre -dijo Karl, pareciéndole que nada había
más fútil en el mundo -Entonces, dígame usted,
¿no quisiera aceptar un empleo en este hotel?
-Con muchísimo gusto -dijo Karl-, pero mis conocimientos son
terriblemente reducidos. Ni siquiera sé escribir a máquina,
por ejemplo.
-No es eso lo que más importancia tiene -dijo la cocinera mayor-.
En ese caso puedo ofrecerle a usted de momento un empleo de poca importancia,
y luego procurará ir ascendiendo, trabajando con ahínco
y atención. De todas maneras, creo que lo mejor y más
conveniente para usted sería arraigar en algún sitio,
en vez de andar vagando por el mundo de ese modo. No me parece que esté
usted hecho para esa clase de vida.
(...)
En cierta ocasión, Karl vio en la calle un cartel que decía
así:
«En el hipódromo de Clayton, hoy, desde las seis de la
mañana hasta las doce de la noche, se admite personal para el
Gran Teatro de Oklahoma. Única oportunidad. Aprovéchela
hoy o la perderá para siempre. Piense en su futuro acudiendo
a nosotros. ¡Bienvenido sea! Si quiere usted ser artista, venga.
Este Gran Teatro hace artista a cualquiera. Todos pueden ser artistas.
Si usted se decide, ¡felicidades! Pero dense todos prisa, porque
el plazo acaba a medianoche. ¡No lo olvide, a las doce termina
su oportunidad! ¡Peor para el que no lo crea! ¡Adelante,
todos al hipódromo de Clayton!»
No faltaban los curiosos delante del cartel que, sin embargo, no parecía
suscitar demasiado interés. No había que creer todo lo
que los carteles les decían...
(...)
Aunque jamás había tenido que ver nada Karl con asuntos
de teatro, reconoció que el Gran Teatro de Oklahoma era mucho
más conocido de lo que él pudiera sospechar. Un vagón
entero estaba especialmente destinado a la compañía. El
encargado del transporte ponía más celo aún en
la organización de la subida al vagón y en la comprobación
de la colocación de cada persona en los asientos que el propio
empleado del ferrocarril.
Karl tuvo la suerte de coger un asiento junto a la ventanilla y consiguió
también que Giácomo se sentara a su lado, muy juntos los
dos y alegres por poder realizar este viaje, el primero que hacían
por los Estados Unidos.
Arrancó el tren y Karl y Giácomo, sin poder contenerse,
se, asomaron a la ventanilla y empezaron a agitar las manos como si
despidieran a alguien, mientras que los muchachos que iban enfrente
se miraban y se daban codazos extrañados.
Karl tuvo conocimiento por primera vez de la enormidad de los Estados
Unidos cuando supo la duración del viaje: dos días y dos
noches. Giácomo y él se disputaban la ventanilla para
mirar, con tanto ahínco que los muchachos de enfrente, que no
dejaban de jugar a las cartas, les cedieron su ventanilla.
(...)
En realidad, todo lo que ocurría en el pequeño compartimento
lleno de humo carecía de importancia, comparado con el espectáculo
que se ofrecía afuera. El primer día atravesaron altas
montañas, enormes bloques de piedra azul plomiza que parecía
que iban a desplomarse sobre el tren. La naturaleza era allí
inigualable: cumbres tan altas que no podían divisarse desde
la ventanilla; profundos y estrechos valles que iban a perderse detrás
de las montañas; ríos caudalosos que discurrían
torrencialmente, levantando grandes olas espumosas, bajo los puentes
que el tren atravesaba. tan cerca del agua que se sentía en el
rostro su frescor al asomarse a la ventanilla.
Franz Kafka. América.
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