Los autonautas de la cosmopista
De cómo escribimos una carta que no por insólita dejaba de merecer respuesta, cosa que no aconteció, y de cómo en vista de ello los expedicionarios decidieron ignorar tan incalificable conducta y llevar a buen término lo que en ella se explicaba de la manera más galana y detallada.
Esta carta fue enviada el 9 de mayo de 1982. El día 23, luego
de abrir infructuosamente y por última vez nuestro buzón,
entendimos que dos semanas habían bastado de sobra para que una
sociedad comercial, por más plagada que esté de computadoras
y de secretarias biliosas, respondiera a nuestra modesta petición.
Mirándonos en los ojos, nos estrechamos la mano con energía
y dijimos al mismo tiempo: Con lo cual queríamos decir que, saliendo de la rue Martel, tomaríamos por la rue des Petites-Ecuries en dirección de la République, de ahí a Austerlitz (¡buen presagio!) y luego de franquear la distancia hasta la Porte d’Italie nos introduciríamos con la decisión que nos caracteriza en la autopista del Sur y haríamos nuestra primera etapa a la altura de Corbeil. Todo lo cual aconteció con una exactitud que no dejó de sorprendemos, pues los dos somos especialistas en equivocar el rumbo y no nos hubiera sorprendido demasiado encontrarnos en la autopista del Este o en la Place des Victoires. Pero una vez enchufados en la buena dirección, ¿quién hubiera podido detenemos? Muy al contrario; ya podíamos sacar el primer sándwich y decimos que estábamos solos, increíblemente solos, en la primera etapa de una aventura de la que el lector no tiene la menor idea, como nosotros en aquel momento.
Lo sabíamos, claro: el final de las grandes expediciones o de las grandes proezas heroicas o deportivas es tópicamente la apoteosis, desde la corona de laurel de los antiguos hasta la medalla olímpica de nuestros tiempos e incluso el cheque que espera al vencedor en cuatro sets o cincuenta vueltas de pista. Pero el final de nuestra expedición fue -lógica más que tópicamente- lo contrario de una apoteosis, a tal punto que sólo escribo estas líneas finales muchos meses después, y las escribo sin ninguna gana de escribir las pero obligado a no abandonar al paciente y pálido lector que haya viajado con nosotros todas estas páginas. Tristeza: eso había. Una tristeza que empezó dos días antes de la llegada, cuando en el paradero de Sénas nos miramos en los ojos y por primera vez aceptamos de lleno que al día siguiente entraríamos en la etapa final. Cómo olvidar una frase de la Osita: «Oh, Julio, qué poco duró el viaje...» Cómo olvidar que en el momento de leer el cartel anunciando el final de la autopista nos llenamos de una angustia que sólo podíamos combatir con el obstinado silencio que nos acompañó hasta entrar en el fragor de Marsella, buscar un lugar vacío en el Vieux Port y poner los pies en una tierra que ya no sería más la tierra del París-Marsella. Un triunfo nublado de lágrimas que secamos en un café, bebiendo el primer pastis marsellés y pensando que esa misma tarde subiríamos a Serre para descansar unos días en casa de los Thiercelin, nuestro puerto generoso, nuestra tierra de asilo de siempre.
Casi en seguida hubo quienes quisieron saber si nuestras intenciones habían sido meramente lúdicas o si detrás alentaba una búsqueda .de otra naturaleza, la inmersión en un paisaje no solamente geográfico, el enfrentamiento de la vida ordinaria y de ese no mans land desafiante instaurado en pleno vértigo de la civilización. Alguien quiso saber si no habíamos llevado a la práctica una forma contemporánea de la provocación Zen, si el a veces exasperante contrapelo de un viaje opuesto a todos los módulos propuestos y favorecidos por la autopista tenía por verdadero objeto un encuentro interior, una liberación de tensiones en el orden personal e incluso histórico, si Marsella no habría sido nuestro Graal, nuestra Orplid, nuestra tierra de Urkhalya como acaso lo hubiera formulado nuestro querido José Lezama Lima. Todo eso nos deslumbró un poco pero nos hizo sobre todo gracia, porque jamás concebimos ni realizamos la expedición con intenciones subyacentes. Era un juego para una Osita y un Lobo, y lo fue durante treinta y tres maravillosos días. Frente a preguntas turbadoras, nos dijimos muchas veces que si hubiéramos tenido presentes esas posibilidades la expedición hubiera sido otra cosa, acaso mejor o peor pero nunca ese avance en la felicidad y en el amor del que salimos tan colmados que nada, después, incluso viajes admirables y horas de perfecta armonía, pudo superar ese mes fuera del tiempo, ese mes interior donde supimos por primera y última vez lo que era la felicidad absoluta. Y tal vez por eso mismo comprendimos sin palabras que acaso habíamos cumplido ese viaje obedeciendo sin saberlo a una búsqueda interior que luego tomaría diferentes nombres en los labios de nuestros amigos. Comprendimos que a nuestra manera habíamos hecho un acto Zen, habíamos buscado el Graal, habíamos divisado las cúpulas de oro de la Orplid y que todo eso se había dado precisamente porque no lo habíamos pensado ni buscado ni propuesto, porque el amor y la alegría nos colmaban demasiado para dejar paso a una ansiedad de búsqueda. Nos habíamos encontrado a nosotros mismos y eso era nuestro Graal sobre la tierra. Julio Cortazar. Los autonautas de la cosmopista. |