La autopista del sur
Al principio la. muchacha del Dauphine había insistido en llevar
la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del peugeot 404 le daba ya
lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese
tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran
otra cosa, fueran el tiempo de los que no han hecho la estupidez de
querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de
tarde y, apenas salidos de Fontainebleau, han tenido que ponerse al
paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos
la autopista está íntegramente reservada a los que regresan
a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse,
charlar con los dos monjas del 1HP a la derecha, con la muchacha del
Daupbine a la izquierda, mirar por el retrovisor al hombre pálido
que conduce un Caravelle, (...)
...sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos
del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos explorar
sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos
de más adelante reanudarán la marcha y habrá que
correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas
y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante
del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora.
(...)
A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero
había decidido no salir más de su coche, a la espera de
que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento.
El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos
para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era
olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo
del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para
colmo la sensación contradictoria del encierro en plena selva
de máquinas pensadas para correr.
(...)
A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave
debía haberse producido en la zona, única explicación
de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor,
los impuestos, la vialidad. un tópico tras otro, tres metros,
otro lugar común, cinco metros. una frase sentenciosa o una maldición
contenida.
(...)
El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió
unas palabras con(...), después de charlar con los dos hombres
del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con
el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver
al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias
y el cine con la muchacha del Dauphine.
A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los
autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde las filas exteriores
de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa
repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros.
(...), pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque
de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía
zigzaguear entre los autos para reintegrarse al suyo y no quedar expuesto
a la justa cólera de los demás.
(...)
Por la. mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como
para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta
hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas
noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría
circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y
uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó.
El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera.
(...)
Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no
dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna
avanzó bastante más, quizá doscientos o trescientos
metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie
escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al
corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de
excepción que liberarían la autopista, y se hacían
referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las
fuerzas policiales.
(...)
A nadie le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían
las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus
era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido
posible de algunos trueques.
El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con
las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas
de acuerdo con el estado físico de cada uno.
(...)
En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las
portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir
alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban
tan ciegos como la sombra misma.
(...)
Pero el frío empezó a ceder, y después de un período
de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las
dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados
en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones
con los grupos vecinos. Los jefes habían discutido la situación,
y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más
adelante.
(...)
París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente
por el pecho y las piernas, y una-tijera de uñas, y vino blanco,
(...)
Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás
en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que
podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el
Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás
venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más,
y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y
la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha
se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404
miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos
de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas
ya no se mantuvieran paralelas, Dauphine se había adelantado
casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente
cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de
sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más.
(...)
El grupo se dislocaba, ya no existía, Taunus debía de
estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al
mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba (...). Los
autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno)
según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían
huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el
anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían
siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba
bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los
velocímetros subían cada vez más, algunas filas
corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco,
algunas a sesenta.
(...)
no reconoció ningún auto; a través de cristales
diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros
rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404
tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso,
como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección
de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente
durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente
libre.
(...)
A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al
404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba
en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada.
Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con
anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía
hacer otra cosa que abandonarse a la marcha,
(...)
...y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las
luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por
qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre
autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde
todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia
adelante.
Julio Cortazar. La autopista del sur.
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