El viaje del Beagle Permítaseme, pues, expresar toda mi gratitud al capitán Fitz-Roy, porque a él debo el haber podido estudiar la historia natural de los diferentes países que visitamos. Añadiré que, durante los cinco años que pasamos juntos, tuve siempre en él un amigo sincero y obsequioso. Este tomo contiene, en forma de Diario, la historia de nuestro viaje y algunas breves observaciones acerca de la historia natural y la geología, que, por su carácter, me han parecido capaces de interesar al público. En esta nueva edición he acortado y corregido mucho algunas partes y extendido otras un poco, con el fin de hacer más accesible la obra a todos los lectores. Pero los naturalistas han de recordar que para los detalles es preciso que consulten las publicaciones mayores que abarcan los resultados científicos de la expedición. (...)
(...) (...) (...) El 31 de agosto echamos el ancla por segunda vez en Porto Praya, en el archipiélago de Cabo Verde; desde aquí continuamos hacia las Azores, donde permanecimos seis días, y el día 2 de octubre saludamos las costas de Inglaterra. En Falmouth dejé el Beagle después de haber pasado cerca de cinco años a bordo de este buen barquito. (...) Es indudable que se experimenta viva satisfacción, contemplando países tan diversos y las diferentes razas humanas; pero esa satisfacción no compensa ni con mucho las penalidades. Se necesita, por consiguiente, que haya un objeto, ya sea un estudio que completar, una verdad que descubrir, y que el objeto, en fin, tenga interés bastante para sosteneros y alentaros. En efecto, es evidente que se empieza perdiendo mucho; hay que separarse de los amigos; hay que romper lazos que os unen con tantos recuerdos queridos... Es verdad que os alienta, hasta cierto punto, la esperanza de volver; porque si, como dicen los poetas, la vida es un sueño, estoy seguro de que las visiones del viaje son las que más ayudan a pasar pronto una noche larga. (...) En resumen; paréceme que nada hay tan provechoso para un naturalista joven, como un viaje por apartadas tierras. En parte aguza y en parte sacia esa ansia y afán de saber, que, según sir J. Herschel tiene en sí todo hombre. La novedad de los objetos, la posibilidad de los éxitos, comunican al joven sabio doble actividad. Además, como un gran número de hechos aislados no tarda en perder todo interés, se dedica a compararlos y llega a generalizar. Por otra parte, como el viajero, fuerza es decirlo, permanece poco tiempo en cada lugar, no pueden sus descripciones cargarse de detalles de observación, de lo que resulta, y esto me ha costado caro, que siempre se está dispuesto a reemplazar los conocimientos que faltan con hipótesis inexactas y superficiales. Pero me ha proporcionado tan grandes alegrías este viaje, que no dudo en recomendar a todos los naturalistas, aun cuando no puedan lograr tan amables compañeros como los míos, que viajen a todo trance y emprendan excursiones por tierra, si es posible, o si no largas travesías. Se puede estar seguro, salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas dificultades graves que vencer, ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan estos viajes la paciencia, borran todo rastro de egoísmo, enseñan a actuar por uno mismo y a acomodarse a todo; en una palabra, dan las cualidades que distinguen a los marinos. También enseñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas siempre a serviros aun cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse a encontrar nunca. Charles Darwin. El viaje del Beagle.
|