...cuando empezaron a gastársenos las ilusiones sobre la nueva vida que nos esperaba en la capital (...) Preferíamos la emoción de la otra llegada, la lenta proximidad de nuestra tierra, los signos que nos la anunciaban, no ya los indicadores kilométricos en la carretera, sino ciertos indicios familiares, una venta en medio del campo, vista desde la ventanilla del tren o del autobús, el color rojo de la tierra en las orillas del río Guadalimar, y luego las primeras casas, las luces aisladas en las esquinas, cuando llegábamos de noche, la sensación de haber llegado ya (...) Había entonces una última casa, ahora me acuerdo, en
la que terminaba la ciudad por el norte, la última que se dejaba
atrás cuando se viajaba hacia Madrid y la primera que se veía
en el regreso, un hotelito antiguo con jardín al que llamaban
la Casa Cristina, y que era muchas veces el punto de encuentro para
las cuadrillas de aceituneros (...) Hace unos cuantos años, dando un paseo con mis hijos, que todavía eran pequeños, porque recuerdo que el segundo iba de mi mano, quise llevarlos a que vieran la Casa Cristina, y por el camino fui contándoles que junto a ella nos citaba el amo de los olivares para el que trabajábamos como aceituneros mi madre y yo: era invierno, y cruzábamos los dos la ciudad helada y a oscuras, muy abrigados, yo con una gorra de pana de mi padre y unos guantes de lana, mi madre con un chal que la envolvía entera y le cubría la cabeza. Pero hacía tanto frío que las orejas y las manos se me quedaban heladas, y mi madre tenía que frotármelas con las suyas, más calientes y más ásperas, y me echaba en las yemas de los dedos el vaho de su respiración... Me emocioné contándoles esas cosas, hablándoles de mi madre, a la que ellos apenas habían conocido, les hice ver cómo había cambiado la vida en tan poco tiempo, pues para ellos era ya inimaginable que niños casi de su misma edad tuvieran que pasarse las vacaciones de Navidad ganándose el jornal en el campo. Entonces me di cuenta de que llevaba mucho rato hablando y dando vueltas sin encontrar la Casa Cristina, y pensé que por hablar tanto me habría perdido: pero no, estaba justo en el lugar que había ido buscando, y la que no estaba era la casa, me dijo el hombre al que le pregunté, la habían derribado hacía ya bastantes años, cuando ensancharon la carretera vieja de Madrid. De cualquier modo, aunque la Casa Cristina hubiera seguido en pie, la ciudad ya no terminaría en su esquina: habían crecido barriadas nuevas con bloques monótonos de ladrillo, había un polideportivo y un nuevo centro comercial que el hombre me mostró con orgullo, como se enseñan a un forastero los monumentos más notables. Sólo quienes nos hemos ido sabemos cómo era nuestra ciudad y advertimos hasta qué punto ha cambiado: son los que se quedaron los que no la recuerdan, los que al verla día a día la han ido perdiendo y dejando que se desfigure, aunque piensen que son ellos los que se mantuvieron fieles, y nosotros, en cierta medida, los desertores. (...) Nos gustaba volver con nuestros hijos pequeños y nos enorgullecía descubrir que se emocionaban con las mismas cosas que nos habían ilusionado en la infancia a nosotros. (...) Pero se han ido haciendo mayores sin que nos diéramos cuenta y se nos vuelven unos desconocidos, huéspedes huraños de nuestra misma casa, encerrados en esos cuartos que se han vuelto como madrigueras sombrías, de las que salen a veces músicas insufribles, olores o ruidos que preferimos no identificar. Ya no quieren volver, y si les dice uno algo lo miran como a un viejo lamentable, como a un inútil (...) Vivir en él, en el pasado, qué más quisiera yo. Pero ya no sabe uno dónde vive, ni en qué ciudad ni en qué tiempo, ni siquiera está uno seguro de que sea la suya esa casa a la que vuelve al final de la tarde con la sensación de estar importunando, aunque se haya marchado muy temprano, sin saber tampoco muy bien adónde, o para qué, en busca de qué tarea que le permita creerse de nuevo ocupado en algo útil, necesario. Sefarad. Antonio Muñoz Molina. Madrid. 2001.
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