El castillo

Ya era de noche cuando K. llegó. La aldea yacía hundida en la nieve. Nada se veía de la colina; bruma y tinieblas la rodeaban; ni el más débil resplandor revelaba el gran castillo. Largo tiempo K. se detuvo sobre el puente de madera que del camino real conducía a la aldea, con los ojos alzados al aparente vacío.

Fue luego en busca de albergue; estaban aún despiertos en la posada; no había cuarto para alquilar, pero el patrón, sorprendido y atónito por un huésped tan tardío, propuso a K. dejarle dormir en la sala sobre un jergón. K. aceptó.

Quedaban todavía aldeanos bebiendo su cerveza, pero él, sin querer entablar conversación, se fue al desván en busca de su jergón y se acostó junto a la estufa. El ambiente era tibio, los aldeanos callaban, los miró aún con cansados ojos y entonces se durmió.

Pero al poco rato lo despertaron. Un hombre joven, con traje de ciudad, el rostro de actor, ojos estrechos, las cejas pobladas, aparecía junto a su lecho, acompañado por el mesonero. También los aldeanos seguían allí; algunos habían vuelto sus sillas para ver y oír mejor.

El joven se excusó muy cortésmente por haber despertado a K., y luego de haberse presentado como hijo del castellano le habló así: «Esta aldea es propiedad del castillo; quien en ella vive o duerme, en cierto modo vive o duerme en el castillo. Nadie puede hacerlo sin permiso del conde. Pero usted no tiene tal permiso, o por lo menos no lo ha presentado.»

K., incorporándose a medias, se compuso el cabello con la mano, contempló desde abajo a esa gente, y dijo: «¿En qué aldea vine a extraviarme? ¿Acaso hay aquí un castillo»?

«Ciertamente», dijo el joven con lentitud, mientras uno que otro de los espectadores meneaba la cabeza mirando a K.; «es el castillo del señor conde de Westwest.»«Pero ¿hay que tener permiso para dormir aquí?», preguntó K., como si quisiera persuadirse de que no había, acaso, soñado la advertencia anterior.

«Ese permiso hay que tenerlo», fue la respuesta, y se convirtió en grosera burla para K. cuando el joven, extendiendo el brazo, preguntó al hostelero y a los huéspedes: «o ¿acaso no hay que tener permiso?»

«Entonces tendré que procurarme ese permiso», dijo K. bostezando, y apartó de sí la manta como queriendo levantarse.

«y ¿de quién?», preguntó el joven.

«Del señor conde», dijo K., «no tendré más remedio.» «¿A medianoche, el permiso del señor conde?», exclamó el joven, y retrocedió un paso.

«¿No es posible?», preguntó K. serenamente. «¿Por qué, entonces, me despertó usted?»

En respuesta a lo cual el joven se puso fuera de sí. «¡Modales de vagabundo!», exclamó. «¡Exijo el debido respeto a la autoridad condal! Lo desperté a fin de comunicarle que debe usted abandonar inmediatamente el territorio del condado.

(...)

Franz Kafka. El castillo.