Canto XII
55. Después que tus compañeros hayan conseguido llevaros
más allá de las Sirenas, no te indicaré con precisión
cuál de los dos caminos te cumple recorrer; considéralo
en tu ánimo, pues voy a decir lo que hay a entrambas partes.
A un lado se alzan peñas prominentes, contra las cuales rugen
las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite; llámanlas Erráticas
los bienaventurados dioses. Por allí no pasan las aves sin peligro,
ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre
Zeus; pues cada vez la lisa peña arrebata alguna y el padre manda
otra para completar el número. Ninguna embarcación de
hombres, en llegando allá, pudo escapar salva; pues las olas
del mar y las tempestades, cargadas de pernicioso fuego, se llevan juntamente
las tablas del barco y los cuerpos de los hombres. Tan sólo logró
doblar aquellas rocas una nave surcadora del ponto, Argo, por todos
tan celebrada, al volver del país de Eetes; y también
a ésta habríala estrellado el oleaje contra las grandes
peñas, si Hera no la hubiese hecho pasar junto a ellas por su
afecto a Jasón.
73. Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza al anchuroso cielo
con su pico agudo, coronado por el pardo nubarrón que jamás
le suelta; en términos que la cima no aparece despejada nunca,
ni siquiera en verano, ni en otoño. Ningún hombre mortal,
aunque tuviese veinte manos e igual número de pies, podría
subir al tal escollo ni bajar de él, pues la roca es tan lisa
que semeja pulimentada.
80. En medio del escollo hay un antro sombrío que mira al ocaso,
hacia el Erebo, y a él enderezaréis el rumbo de la cóncava
nave, preclaro Odiseo. Ni un hombre joven, que disparara el arco desde
la cóncava nave, podría llegar con sus tiros a la profunda
cueva. Allí mora Escila, que aúlla terriblemente, con
voz semejante a la de una perra recién nacida, y es un monstruo
perverso a quien nadie se alegrará de ver, aunque fuese un dios
el que con ella se encontrase. Tiene doce pies, todos deformes, y seis
cuellos larguísimos, cada cual con una horrible cabeza en cuya
boca hay tres hileras de abundantes y apretados dientes, llenos de negra
muerte. Está sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta,
saca las cabezas fuera de aquel horrendo báratro y, registrando
alrededor del escollo, pesca delfines, perros de mar, y también,
si puede cogerlo, alguno de los monstruos mayores que cría en
cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite.
98. Por allí jamás pasó embarcación cuyos
marineros pudieran gloriarse de haber escapado indemnes; pues Escila
les arrebata con sus cabezas sendos hombres de la nave de azulada proa.
101. El otro escollo es más bajo y lo verás Odiseo, cerca
del primero; pues hállase a tiro de flecha. Hay ahí un
cabrahigo grande y frondoso, y a su pie la divinal Caribdis sorbe la
turbia agua. Tres veces al día la echa fuera y otras tantas vuelve
a sorberla de un modo horrible. No te encuentres allí cuando
la sorbe pues ni el que sacude la tierra podría librarte de la
perdición. Debes, por el contrario, acercarte mucho al escollo
de Escila y hacer que tu nave pase rápidamente; pues mejor es
que eches de menos a sus compañeros que no a todos juntos.
111. Así se expresó; y le contesté diciendo:
—Ea, oh diosa, háblame sinceramente. Si por algún
medio lograse escapar de la funesta Caribdis, ¿podré rechazar
a Escila cuando quiera dañar a mis compañeros?
115. Así le dije, y al punto me respondió la divina entre
las diosas:
116. —¡Oh, infeliz! ¿Aún piensas en obras
y trabajos bélicos, y no has de ceder ni ante los inmortales
dioses? Escila no es mortal, sino una plaga imperecedera, grave, terrible,
cruel e ineluctable. Contra ella no hay que defenderse; huir de su lado
es lo mejor. Si, armándote, demorares junto al peñasco,
temo que se lanzará otra vez y te arrebatará con sus cabezas
sendos varones. Debes hacer, por tanto, que tu navío pase ligero,
e invocar, dando gritos, a Crateis, madre de Escila, que les parió
tal plaga a los mortales y ésta la contendrá para que
no os acometa nuevamente.
234. Pasábamos el estrecho llorando, pues a un lado estaba Escila
y al otro la divina Caribdis, que sorbía de horrible manera la
salobre agua del mar. Al vomitarla dejaba oír sordo murmurio,
revolviéndose toda como una caldera que está sobre un
gran fuego, y la espuma caía sobre las cumbres de ambos escollos.
Mas, apenas sorbía la salobre agua del mar, mostrábase
agitada interiormente, el peñasco sonaba alrededor con espantoso
ruido y en lo hondo se descubría la tierra mezclada con cerúlea
arena. El pálido temor se enseñoreó de los míos,
y mientras contemplábamos a Caribdis, temerosos de la muerte,
Escila me arrebato de la cóncava embarcación los seis
compañeros que más sobresalían por sus manos y
por su fuerza. Cuando quise volver los ojos a la velera nave y a los
amigos, ya vi en el aire los pies y las manos de los que eran arrebatados
a lo alto y me llamaban con el corazón afligido, pronunciando
mi nombre por la vez postrera.
251. De la suerte que el pescador, al echar desde un promontorio el
cebo a los pececillos valiéndose de la luenga caña, arroja
al ponto el cuerno de un toro montaraz y así que coge un pez
lo saca palpitante de esta manera, mis compañeros, palpitantes
también, eran llevados a las rocas y allí, en la entrada
de la cueva, devorábalos Escila mientras gritaban y me tendían
los brazos en aquella lucha horrible. De todo lo que padecí peregrinando
por el mar, fue este espectáculo el más lastimoso que
vieron mis ojos.
260. Después que nos hubimos escapado de aquellas rocas, de la
horrenda Caribdis y de Escila, llegamos muy pronto a la intachable isla
del dios, donde estaban las hermosas vacas de ancha frente, y muchas
pingües ovejas de Helios, hijo de Hiperión
403. Cuando hubimos dejado atrás aquella isla y ya no se divisaba
tierra alguna, sino tan solamente cielo y mar, Zeus colocó por
cima de la cóncava nave una parda nube debajo de la cual se obscureció
el ponto. No anduvo la embarcación largo rato, pues sopló
en seguida el estridente Céfiro y, desencadenándose, produjo
gran tempestad: un torbellino rompió los dos cables del mástil,
que se vino hacia atrás, y todos los aparejos se juntaron en
la sentina. El mástil, al caer en la popa, hirió la cabeza
del piloto aplastándole todos los huesos; cayó el piloto
desde el tablado, como salta un buzo, y su alma generosa se separó
de los huesos.
415. Zeus despidió un trueno y al propio tiempo arrojó
un rayo en nuestra nave; ésta se estremeció, al ser herida
por el rayo de Zeus, llenándose del olor del azufre, y mis hombres
cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor del negro
bajel como cornejas, y un dios les privó de la vuelta a la patria.
420. Seguí andando por la nave, hasta que el ímpetu del
mar separó a los flancos de la quilla, la cual flotó sola
en el agua; y el mástil se rompió en su unión con
ella. Sobre el mástil hallábase una soga hecha de cuero
de buey; até con ella mástil y quilla y, sentándome
en ambos, dejéme llevar por los perniciosos vientos.
426. Pronto cesó el soplo violento del Céfiro, que causaba
la tempestad, y de repente sobrevino el Noto, el cual me afligió
el ánimo con llevarme de nuevo hacia la perniciosa Caribdis.
Toda la noche anduve a merced de las olas, y al salir el sol llegue
al escollo de Escila y a la horrenda Caribdis, que estaba sorbiendo
la salobre agua del mar; pero yo me lancé al alto cabrahigo y
me agarré como un murciélago, sin que pudiera afirmar
los pies en parte alguna ni tampoco encaramarme en el árbol,
porque estaban lejos las raíces y a gran altura los largos y
gruesos ramos que daban sombra a Caribdis.
437. Me mantuve, pues, reciamente asido, esperando que Caribdis devolviera
el mástil y la quilla; y éstos aparecieron por fin, cumpliéndose
mi deseo. A la hora en que el juez se levanta en el ágora, después
de haber fallado muchas causas de jóvenes litigantes, dejáronse
ver los maderos fuera ya de Caribdis. Soltéme de pies y manos
y caí con gran estrépito en medio del agua, junto a los
larguísimos maderos; y, sentándome encima, me puse a remar
con los brazos. Y no permitió el padre de los hombres y de los
dioses que Escila me viese, pues no me hubiera librado de una terrible
muerte.
447. Desde aquel lugar fui errante nueve días y en la noche
del décimo lleváronme los dioses a la isla Ogigia, donde
vive Calipso, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz;
la cual me acogió amistosamente y tuvo gran cuenta conmigo. (...)
Homero. La Odisea. Canto XII
La
Odisea
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