-Ahora comprendo que en nuestra tierra seca e interior los trenes nocturnos eran el gran río que nos llevaba al mundo y nos traía luego de regreso, el gran caudal deslizándose en sombras en dirección al mar o a las hermosas ciudades donde estaría aguardándonos una nueva existencia, más luminosa y verdadera, más parecida a la que prometían los libros.

Tan claramente como me acuerdo del primer viaje en tren me acuerdo de la primera vez que llegué a los andenes de una estación fronteriza: en el recuerdo el brillo de la noche es idéntico, y también las anticipaciones de la imaginación, el miedo a lo desconocido que aceleraba el pulso y debilitaba las rodillas.

Sefarad. Antonio Muñoz Molina. Madrid. 2001. Ed. Alfaguara