Y el viejo marino llegó a la posada del
«Almirante Benbow»
El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me
han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro,
sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla,
ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello
tomo mi pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria se
remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería
«Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su
rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo.
(...)
...tras él arrastraba su cofre marino; era un viejo recio, macizo,
alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la
piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca
que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas
de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba
su mejilla era como un costurón de siniestra blancura. Lo veo
otra vez, mirando la ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó
a cantar aquella antigua canción marinera que después
tan a menudo le escucharía:
«Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»
(...) lo que mas asustaba a la gente eran las historias que contaba.
Terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados, condenados que
«pasaban por la plancha», temporales de alta mar, leyendas
de la Isla de la Tortuga y otros siniestros parajes de la América
Española. Según él mismo contaba, había
pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó
a los mares; y el vocabulario con que se refería a ellos en sus
relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes
que describía.
(...)
Escucha, si yo no puedo escapar, si ésos consiguen marcarme
con «la Negra», acuérdate de que lo que andan buscando
es mi viejo cofre. Coge un caballo. ¿Sabes montar, no? Bien,
pues, entonces, monta, y corre... ;sí, hazlo!, avisa a ese maldito
médico tuyo, y dile que junte a todos, que venga con un juez
y con agentes... Dile que puede atraparlos a todos, aquí, a bordo
de la «Almirante Benbow»... , toda la tripulación
del viejo Flint, todos... lo que queda de ella. Yo era el segundo de
a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que
conoce dónde está lo que buscan. Me lo confió en
Savannah, cuando se estaba muriendo, lo mismo que hago yo ahora contigo.
Pero tú no abrirás el pico. Solamente si consiguieran
pescarme, si me marcan con «la Negra», o si vieras otra
vez a «Perronegro», o a un marino con una sola pierna, Jim...
Ese sobre todo.
(...)
Era un cofre igual que tantos otros de los que suelen usar los navegantes;
tenía la inicial B marcada en la tapa con un hierro al rojo vivo
y las esquinas estaban aplastadas y maltrechas por el largo y tempestuoso
servicio.
(...) empezamos a descubrir los más heterogéneos objetos:
un cuadrante, un vaso de estaño, varias libras de tabaco, una
pareja de excelentes pistolas, un pedazo de un lingote de plata, un
antiguo reloj español y otras baratijas, como un par de brújulas
montadas en latón y cinco o seis conchas de caracoles de las
Antillas. Muchas veces después he recordado esas conchas y he
pensado en lo extraño de que las llevara con él a través
de su errante, criminal y aventurera existencia.
Sólo aquel lingote de plata y algunas monedas tenían algún
valor; pero ni uno ni las otras nos aprovechaban. Debajo de todo había
un viejo capote marino descolorido ya por la sal y el aire de tantos
océanos y puertos. Mi madre tiró de él, encolerizada,
y entonces descubrimos lo que había en el fondo del cofre: un
paquete envuelto en hule, que parecía contener papeles, y un
saquito de lona que, al tocarlo, dejó oír un tintineo
de oro.
(...)
El envoltorio estaba cosido y el doctor tuvo que sacar su instrumental
y cortó las puntadas con las tijeras de cirujano. Aparecieron
entonces dos cosas: un cuaderno y un sobre sellado.
-Empezaremos por el cuaderno -dijo el doctor.
Y me hizo señas para que me acercase y gozara del placer de la
investigación. El squire y yo mirábamos por encima de
su cabeza mientras él lo abría. En la primera página
sólo encontramos algunas palabras sin ilación, como las
que se escriben por mero capricho. Alguna frase había, sin sentido,
que repetía lo que yo había visto tatuado en el brazo
del capitán: «Billy Bones es libre»; después
leímos: «Señor W. Bones, segundo de a bordo».
«Se acabó el ron». «A la altura de Cayo Palma
recibió el golpe», y otros varios garabatos, la mayor parte
palabras sueltas e incomprensibles. No pude menos que imaginar quién
sería el que recibió «ese» golpe, y qué
«golpe» sería... quizá el de un cuchillo,
y por la espalda.
-No se saca mucho de aquí -dijo el doctor Livesey pasando las
hojas.
(...)
-Pues está tan claro como la luz del día -exclamó
el squire-. Este libro registra las cuentas de aquel perro desalmado.
Las cruces representan los nombres de navíos hundidos o de ciudades
saqueadas. Las cantidades son la parte que a él le tocaba, y,
cuando tenía alguna duda, añadía para precisar:
«A la altura de Caracas», lo que debe significar que en
esa situación algún malaventurado barco fue abordado.
Dios tenga compasión de las pobres almas que lo tripulaban...
Se las habrá tragado el coral.
(...)
El resto del cuaderno decía ya bien poca cosa, a no ser unas
referencias geográficas, anotadas en las últimas páginas,
y una tabla de equivalencias del valor entre monedas francesas, inglesas
y españolas.
-Y ahora -dijo el squire- pasemos a la otra cosa.
El sobre estaba lacrado en varios puntos y sellado sirviéndose
de un dedal, quizá el mismo que yo había encontrado en
el bolsillo del capitán. El doctor abrió los sellos con
gran cuidado y ante nosotros apareció el mapa de una isla, con
precisa indicación de su latitud y longitud, profundidades, nombres
de sus colinas, bahías y estuarios, y todos los detalles precisos
para que una nave arribase a seguro fondeadero. Medía unas nueve
millas de largo por cinco de ancho, y semejaba, o así lo parecía,
un grueso dragón rampante.
Tenía dos puertos bien abrigados, y en la parte central, un
monte llamado «El Catalejo». Se veían algunos añadidos
realizados sobre el dibujo original; pero el que más nos interesó
eran tres cruces hechas con tinta roja: dos en el norte de la isla y
una en el suroeste, y junto a esta última, escritas con la misma
tinta y con fina letra, muy distinta de la torpe escritura del capitán,
estas palabras: «Aquí está el tesoro».
En el reverso y de la misma letra aparecían los siguientes
datos:
«Árbol alto, lomo del Catalejo, demorando una cuarta
al N. del N.N.E. Isla del Esqueleto E.S.E. y una cuarta al E. Diez
pies.
El lingote de plata está en escondite norte; se encontrará
tomando por el montículo del este, diez brazas al sur del
peñasco negro con forma de cara.
Las armas se hallan fácilmente en la duna situada al N. punta
del Cabo norte de la bahía, rumbo E. y una cuarta N.
J. F.» |
(...) (...) (...)
... el barco ya está pertrechado. Está atracado en el
puerto, listo para navegar. No podéis imaginar una más
preciosa goleta -un niño podría gobernarla-; desplaza
doscientas toneladas y su nombre es la Hispaniola.
(...)

Robert L. Stevenson. La isla del tesoro.
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