«y los que conmigo vengan,
de Dios reciban buen pago,
y aquellos que aquí quedasen
quiero contentos dejarlos».
(...)
«Con vos nos iremos, Cid,
por yermos y por poblados;
nunca os abandonaremos
en tanto que estemos sanos,
y con vos emplearemos
nuestras mulas y caballos
y toda nuestra fortuna
y nuestros trajes de paño;
siempre os hemos de servir
como leales vasallos.»
(...)
Mucho agradeció mío Cid
cuanto allí fuera acordado...
El Cid salió de Vivar,
a Burgos va caminando,
allá dejó sus palacios
yermos y desheredados.
De sus ojos mío Cid,
va tristemente llorando,
volvía atrás la cabeza
y se quedaba mirándolos.
(...).
Suspiró entonces mío Cid,
de pesadumbre cargado,
y comenzó a hablar así,
tan justa y tan mesurado:
(...)
Todo esto me han urdido
mis enemigos malvados».
(...)
que de Castilla nos echan,
mas a gran honra algún día
tornaremos a esta tierra!»


 

(...)

Antes de la noche, a Burgos
llegó aquella real carta
con severas prevenciones
y fuertemente sellada:
que a mío Cid Ruy Díaz
nadie le diese posada,
y si alguno se la diese
supiera qué le esperaba:
que perdería sus bienes
y los ojos de la cara,
y que además perdería
salvación de cuerpo y alma.

(...)

Una niña de nueve años
frente a mío Cid se para:
«Cid Campeador, que en buena
hora ceñisteis la espada,
sabed que el rey lo ha vedado,
anoche llegó su carta
con severas prevenciones
y fuertemente sellada.
No nos atrevemos a
daros asilo por nada,
porque si no perderíamos
nuestras haciendas y casas
y hasta podía costarnos
los ojos de nuestras caras.

(...)

 


Anónimo. Poema de Mío Cid.