Capítulo veinte
El cementerio del castillo de If
(...)
Sin embargo, como ocurre siempre, así en los grandes dolores
como en las grandes tempestades, que damos con el abismo al dar en los
extremos, horrorizó a Dantés la idea de esta muerte infamante,
y de súbito pasó de esta desesperación a una sed
ardiente de libertad.
-¡Morir! ¡Oh!, no -exclamó-, no valdría la
pena de haber vivido tanto y sufrido tanto, para morir así. Ahora
sería verdaderamente conspirar en favor de mi destino miserable.
No, quiero vivir, quiero luchar hasta el fin, quiero recobrar la dicha
que me han robado. Con la idea de la muerte me olvidaba de que tengo
verdugos que castigar, y quién sabe si recompensar amigos. Pero,
¡ay!; ahora van a olvidarme, y no saldré ya de aquí
sino como el abate Faria.
Al pronunciar estas palabras quedó petrificado, como aquel a
quien se le ocurre una idea aterradora. De pronto se incorporó,
llevóse la mano a la frente como si le diera un vértigo,
dio dos o tres vueltas por la habitación, y fue a detenerse delante
de la cama.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró-. ¿Quién me envía
este pensamiento? ¿Sois vos, Dios mío? Pues que sólo
los muertos salen de aquí, ocupemos el lugar de los muertos.
Y sin vacilar un momento siquiera, por no cambiar aquella resolución
desesperada, inclinóse sobre el nauseabundo saco, lo abrió
con el cuchillo que Faría había hecho, sacó el
cadáver, lo llevó a su propio calabozo, lo acostó
en su cama, poniéndole en la cabeza el pañuelo de hilo
que él acostumbraba llevar puesto, lo cubrió con su cobertor,
besó por última vez aquella frente helada, pugnó
por cerrar aquellos ojos rebeldes que seguían abiertos y horribles
en su inmovilidad, le puso el rostro vuelto a la pared, para que el
carcelero al traerle la cena creyese que estaba acostado como solía,
volvió al subterráneo, sacó de su escondite la
aguja y el hilo, se quitó sus harapos para que se sintiera por
el tacto la carne desnuda, metióse en el saco embreado, se colocó
en la misma situación que el cadáver tenía, y sujetó
por dentro la costura. Si por desgracia hubiesen entrado en este momento,
hubieran podido oír los latidos de su corazón.
(...). He aquí su plan:
Si por el camino los enterradores conocían que llevaban un vivo
en lugar de un muerto, no les daba tiempo para nada, con una cuchillada
vigorosa abría de arriba abajo el saco, y se aprovechaba de su
terror para escaparse. Si querían apoderarse de él, ¿no
llevaba un cuchillo? Si lo conducían hasta el cementerio y le
metían en una fosa, dejábase cubrir de tierra, y apenas
los enterradores volviesen la espalda, se abría paso a través
de la tierra removida, y como era de noche, escapaba. Pensaba que el
peso no sería tan grande que no lo pudiera resistir.
Si se equivocaba, si, por el contrario, la tierra le pesaba mucho y
le ahogaba, ¡tanto mejor para él!, todo concluiría
entonces.
No había comido desde la víspera, pero ni aquella mañana
había pensado en el hambre, ni ahora pensaba tampoco. Era demasiado
precaria su situación para que pudiera ocuparse de otra cosa.
(...)
Hacia las siete de la noche fue cuando empezaron, a decir verdad, las
agonías de Dantés. (...). Por último, a la hora
señalada por el gobernador, se oyeron pasos en la escalera. Edmundo
conoció que el momento había llegado, y llamó en
su ayuda todo su valor, conteniendo su aliento. Feliz él si hubiera
podido contener de igual modo los violentos latidos de su corazón.
Los pasos, que iban en aumento, se detuvieron a la puerta. Dantés
supuso que eran dos los enterradores que iban a buscarle. Esta sospecha
se trocó en certidumbre cuando oyó el ruido que hacían
al poner en el suelo las parihuelas.
Abrióse la puerta y una luz confusa hirió los ojos de
Edmundo. A través del lienzo que le envolvía, vio acercarse
dos sombras a su cama, en tanto que otra, con un farol en la mano, se
quedó a la puerta. Cada uno de los que se acercaron a la cama
cogió el saco por uno de sus extremos.
-Para ser viejo y tan flaco, pesa bastante -dijo uno de ellos levantando
la cabeza de Dantés.
-He oído decir que el peso de los huesos aumenta media libra
todos los años -contestó el otro asiéndole por
los pies.
-¿Has hecho el nudo? -preguntó el primero.
-Buena tontería fuera añadir un peso inútil. Allá
lo haré.
-Tienes razón. Vamos.
" ¿Pare qué será ese nudo? ", se preguntaba
Dantés.
Desde la cama trasladaron a las angarillas al falso muerto. Edmundo
se puso todo lo rígido que pudo para desempeñar mejor
su papel de cadáver. Pusiéronle, pues, en las angarillas,
y alumbrados por el del farol, que iba delante, empezaron a subir la
escalera.
De súbito, el aire fresco de la noche, en el que Dantés
reconoció al mistral, azotó su cuerpo. Esta súbita
sensación fué a la vez angustiosa y dulcísima.
A unos veinte pasos detuviéronse los que le llevaban, y pusieron
en el suelo las angarillas. Uno de ellos debió de alejarse un
tanto, porque Edmundo oyó sus pisadas en las losas.
" ¿Dónde estoy? ", se preguntó.
-¿Sabes que no pesa poco? -dijo el que había permanecido
junto a Dantés, sentándose al borde de las angarillas.
La primera idea de Dantés fué escaparse entonces, pero
por fortuna se contuvo.
-Alúmbrame, animal -dijo el que se había separado-, alúmbrame
o no podré encontrar lo que busco.
El hombre de la linterna obedeció a la demanda del enterrador,
aunque, como se ha visto, no tenía nada de cortés.
"¿Qué buscará? -dijo para sí Dantés-,sin
duda un azadón."
Una exclamación dio a entender que el enterrador había
encontrado al fin lo que buscaba.
-Menudo trabajo ha costado -dijo el otro.
-Sí, pero nada se ha perdido por esperar -contestó el
primero.
Y dicho esto se acercó a Edmundo, que oyó poner a su lado
una cosa pesada y sonora. Al mismo tiempo una cuerda atada a sus pies
le causó viva y dolorosa impresión.
-¿Está ya hecho el nudo? -preguntó el enterrador
que no se había movido de allí.
-Y bien hecho -respondió el otro.
-Pues en marcha.
Y volviendo a coger las angarillas siguieron su camino.
A los cincuenta pasos sobre poco más o menos hicieron alto para
abrir una puerta, y volvieron a proseguir su camino.
El rumor de las olas, estrellándose en las peñas que sirven
de base al castillo, iba llegando más distintamente a Dantés
a medida que iban avanzando.
-¡Mal tiempo hace! -dijo uno de los hombres-. No está el
mar pare bromas esta noche.
-El abate corre peligro de fondear.
Y ambos soltaron una carcajada.
Aunque Dantés no los comprendió, sus cabellos se erizaron.
-Bien. Ya hemos llegado -dijo el primero.
-Más allá, más allá -repuso el otro-. ¿No
te acuerdas que el último muerto se quedó en el camino,
destrozado entre las rocas, y que el gobernador nos regañó
al día siguiente?
Subiendo constantemente, dieron cuatro o cinco pesos más, luego
sintió Edmundo que le cogían por los pies y por la cabeza
y que le balanceaban.
-¡A la una! -dijeron los enterradores.
-¡A las dos!
-¡A las tres!
Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso
vacío, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte,
y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón.
Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba
su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída
durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable,
se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado
en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado
al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El cementerio
del castillo de If era el mar.
Capítulo veintiuno
La isla de Tiboulen
Aunque aturdido y sofocado, tuvo Dantés sin embargo suficiente
presencia de ánimo pare contener su respiración, y como
llevaba de antemano preparada a todo evento su mano derecha, según
dijimos, y empuñado el cuchillo, rasgó de un solo golpe
el saco, con lo cual pudo sacar el brazo y la cabeza, pero a pesar de
todos sus esfuerzos pare levantar la bala, se sintió más
y más agarrotado. Entonces se agachó haste la cuerda que
ataba sus piernas, y con un esfuerzo supremo pudo cortarla cuando ya
le iba faltando la respiración. Hizo en seguida un hincapié
vigoroso, y subió desembarazado a la superficie del mar, mientras
la bala hundía en sus profundos abismos aquella tela grosera
que, a poco más, se convierte en su mortaja.
No estuvo en la superficie más que el tiempo necesario, pues
volvió a zambullirse acto continuo, porque la primera precaución
que debía de tomar era que no le viesen.
(...)
Alejandro Dumas. El Conde de Montecristo.
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