Viajar en busca de un mundo no contaminado por las convenciones: la vuelta al mundo primitivo
| Había llegado a Papeete en el amanecer del 9 de junio de 1891,
luego de una travesía de dos meses y medio desde que zarpó
de Marsella, con escalas en Aden y Noumea, donde debió cambiar
de barco. Cuando pisó, por fin, Tahití acababa de cumplir
cuarenta y tres años. Traía consigo todas sus pertenencias, como para dejar claro que había acabado para siempre con Europa y París: cien yardas de tela para pintar, pinturas, aceites y pinceles, un cuerno de cacería, dos mandolinas, una guitarra, varias pipas bretonas, una vieja pistola y un puñadito de ropas usadas. Era un hombre que parecía fuerte -pero tu salud ya estaba secretamente minada, Paul-, de ojos azules algo saltones y movedizos, boca de labios rectos generalmente fruncidos en una mueca desdeñosa y una nariz quebrada, de aguilucho predador. Traía muchas ilusiones consigo. Apenas respiró el aire caliente de Papeete y sus ojos quedaron deslumbrados por la vivísima luz que bajaba del cielo azulísimo y sintió en torno la presencia de la naturaleza en esa erupción de frutales que irrumpían por doquier y llenaban de aromas las polvorientas callecitas de la ciudad -naranjos, limoneros, manzanos, cocoteros, mangos, los exuberantes guayaberos y los nutridos árboles del pan-, le vinieron unas ganas de ponerse a trabajar que no sentía en mucho tiempo. Mario Vargas Llosa. El paraíso en la otra esquina.
2003. Ed. Alfaguara |