Parpadeos rápidos de luces en la oscuridad, más allá de la larga cinta blanca de las olas que rompen en la arena: cuando hay luna nueva pululan las lanchas rápidas de contrabandistas de tabaco y hachís, las barcas llenas de emigrantes clandestinos que vienen del otro lado, de la línea más oscura de sombra que es la costa de África. La contemplación estética es un privilegio, y seguramente una falsificación: la costa hermosa y oscura que vemos nosotros esta noche desde la terraza del restaurante, en la que proyectamos relatos y sueños, aventuras de libros, no es la misma que ven al acercarse a ella esos hombres hacinados en las barcas sacudidas por el mar, al filo del naufragio y la muerte en las aguas más tenebrosas que las de ningún pozo, fugitivos de piel oscura y de ojos brillantes, apretándose los unos contra los otros para defenderse del miedo y del frío, para no sentirse tan inalcanzablemente lejos de esas luces de la orilla que no saben si podrán alcanzar. A algunos de ellos el mar los devuelve hinchados y lívidos
y medio comidos por los peces. Cómo será estar escondido ahora mismo, en la noche sin Luna, empapado y jadeando en el fondo de una zanja, o en uno de esos cañaverales de la marisma, sin ser nadie, sin tener nada, ni papeles ni dinero ni dirección ni nombre, sin conocer los caminos ni hablar el idioma (...) Sefarad. Antonio Muñoz Molina. Madrid. 2001.
Ed. Alfaguara |