Róbinson Crusoe
Nací el 1632, en la ciudad de York, (...). Mi nombre original es Róbinson Kreutznaer, pero debido a la costumbre inglesa de desfigurar los apellidos extranjeros quedó convertido en Crusoe, forma que ahora empleamos toda la familia. (...) Como yo no tenía profesión alguna, mi padre, que aunque
de edad avanzada me había educado lo mejor que pudo, pretendía
que estudiara leyes. Pero mis inclinaciones eran distintas. Dominábame
el deseo de hacerme marino y de correr por los mares las más
diversas aventuras. (...) No hay palabras para expresar mis pensamientos cuando me sentí sumergido en el fondo de las aguas, para luego ser impulsado por la ola hacia la orilla y dejado casi en seco. ... una segunda ola me cubrió con su masa de agua de unos veinte o treinta pies de altura, sintiendo que me arrastraba muy lejos hacia la tierra, mientras yo trataba de nadar conteniendo el aliento... En cuanto las aguas se hubieron retirado y después de tomar aliento, corrí hacia la playa todo lo que pude. Todavía otras dos veces me vi alzado por las aguas y arrojado siempre hacia delante. El último de esos asaltos casi me resultó fatal, pues me arrojó contra las rocas con tal fuerza que perdí el conocimiento. Una vez que me hube rehecho, y como las aguas ya no me cubrían, corrí un poco, con lo que logré, por fin, pisar terreno firme. Inmediatamente de sentirme salvado alcé los ojos al cielo para dar gracias a Dios por haberme librado de muerte tan segura. Me paseé por la costa haciendo mil ademanes grotescos, manifestando así mi alegría y al mismo tiempo el pesar que sentía por mis compañeros, pues, desde que naufragamos, no pude ver la menor huella de ellos, excepto algunas prendas pequeñas. Pronto sí disminuyó mi entusiasmo y pensé que
mi situación era terrible, pues estaba con las ropas mojadas
y no tenía qué mudarme, sentía hambre y no tenía
qué comer, tenía sed y no tenía nada para beber.
No me quedaba, pues, otra alternativa que morir de inanición
o ser devorado por las fieras. A todo esto, yo me paseaba de un lado
para otro como un insensato, sumido en espantosas angustias. La noche
se aproximaba y empecé a meditar sobre lo que me esperaba si
es que aquella tierra albergaba bestias feroces, pues de sobra sabía
que las fieras esperan las sombras para buscar su presa. Desperté bien entrada la mañana. El tiempo estaba despejado, la tempestad se había calmado y el mar estaba tranquilo. Imagínese mi sorpresa a la vista del barco: durante la noche, la marea lo había levantado del banco de arena donde había encallado, para arrastrarlo hacia las rocas donde la víspera me había estrellado tan cruelmente. Se encontraba como a una milla de distancia de donde yo me hallaba y aún descansaba sobre su quilla. Después de haber descendido del árbol, lo primero que descubrí fue la chalupa que la marea había arrojado contra la costa, a unas dos millas de distancia y a mano derecha. Traté de llegar a ella, para lo que caminé a lo largo de la playa, pero pronto me encontré con un brazo de mar de media milla de ancho, que se interponía entre nosotros, lo que me obligó a regresar. Desde ese momento mis pensamientos se fijaron sólo en el barco, en el que esperaba encontrar lo necesario para mi conservación. (...) tenía asegurada mi subsistencia por tiempo indefinido. Además, ya tenía previsto el modo de subsanar todos los accidentes posibles, como, por ejemplo, que se me agotaran las municiones o mi salud se resintiera. Confieso, sin embargo, que cuando pensaba en que el rayo podría inflamar mi pólvora me entristecía enormemente. Por ello ahora voy a relatar la historia de una vida silenciosa, de una vida que sin duda no tiene paralelo, remontándome ordenadamente hasta el principio de mi desventura en la soledad. (...) Daniel Defoe. Róbinson Crusoe. |