A través de la estepa

«De hallarse desocupado, el día 15 del actual, Claudio Bombarnac se encontrará en el puerto de Ouzoun-Ada, litoral E. del Caspio, donde tomará tren directo Gran Transasiático entre frontera Europa y capital Celeste Imperio. Deberá transmitir impresiones, escribir crónicas, celebrar entrevistas con personajes distinguidos y señalar los incidentes interesantes en su camino, por correo o telegrama. "El siglo xx" confía en su celo e inteligente actividad y le abre crédito ilimitado.»

Este era el contenido del telegrama que encontré en mi despacho de Tiflis, el día 13 de mayo. Había llegado aquella misma mañana, con la intención de tomarme unas semanas de vacaciones después de mis correrías por las provincias de Georgia, pero un periodista siempre está expuesto a estas sorpresas.

Tras largo e interesante recorrido por la Rusia meridional, había franqueado el Cáucaso y deseaba poder descansar en la capital de la Transcaucasia, pero sólo se me concedía medio día de descanso en esta ciudad. Había estudiado tan a fondo la Georgia, que conocía sus tierras palmo a palmo y hasta algunos de sus dialectos, pero aquella inesperada orden me obligaba ha abandonarla sin tener tiempo de efectuar una visita al monte Ararat, lugar donde se detuvo, a los cuarenta días del Diluvio, el arca de Noé.

Me veía obligado a partir de nuevo, sin llegar a abrir la maleta. Tenía que renunciar a escribir las impresiones de mi viaje por la Transcaucasia, idea que acariciaba desde que llegué a aquella comarca. En fin, tenía que abandonarlo todo en cumplimiento de una orden telegráfica cruel, pero que no podía discutirse. Era preciso satisfacer las exigencias del periodismo, al que había decidido dedicar mi vida.
Lo primero que tema que hacer era informarme de la hora a que salía el tren de Tiflis para el Caspio.

(...)
Las estaciones se sucedían vertiginosamente en mi ventanilla. Apenas tenia tiempo de escuchar sus nombres en cada parada. Hubiese deseado examinar el paisaje, iluminado por la luna y tomar algunos apuntes. Mi compañero había atravesado aquella provincia y me indicaba las poblaciones, los ríos, las montañas que se perfilaban en el horizonte... ¡Pero si apenas los distinguía!... ¡Malditos ferrocarriles! Se parte, se llega, y no se ha visto nada en el camino. Sin poderme contener, exclamé:

-¡Cuanto más agradable no hubiera, sido viajar en posta, en troika o en tarantas, con lo imprevisto del camino, la originalidad de las posadas, la charla consiguiente en las paradas, el trago de vodka de los yemtchiks»... y, de vez en cuando, el apasionante encuentro con los bandidos, cuya raza al fin acabará por extinguirse.

-Señor Bombarnac, ¿lo dice usted en serio? -me preguntó asombrado.

-y tan en serio. Con las ventajas de los ferrocarriles se gana tiempo, pero se pierde lo pintoresco, lo emocionante de los viajes. ¿Acaso no le agrada a usted la lectura de los viajes de hace cincuenta años por estas regiones? Sobre esta máquina veloz, ¿cómo voy a contemplar esas aldeas donde viven los cosacos, mezcla de labriegos y soldados? ¿Cómo admirar esos espectáculos que encantan al viajero, esos «djiquitivkas» ecuestres, con sus jinetes esgrimiendo sus sables, descargando sus pistolas y que os escoltan cuando os ven en compañía de un alto funcionario moscovita, o de, un coronel de la Staniza?

-Sin duda hemos perdido esas bellezas -reconoció mi compañero-. Pero, gracias a estas cintas de hierro, que rodean nuestro globo como los aros de un barril, podemos ir en trece días de Tiflis a Pekín. Claro que si ha contado usted con incidentes para sus artículos...

(...)Nada. sucederá, se lo aseguro. Le aseguro el viaje más monótono, insustancial, soporífero y vulgar, que haya. podido imaginar. Tan llano como las estepas del Kara-Koum que el Gran Transasiático atraviesa en el Turquestán y las llanuras del desierto Gobi, que atraviesa en China...

-Ya lo veremos, porque yo viajo para solaz de mis lectores -contesté yo. Pero lo cierto es que empezaba a abrigar mis temores.

-Yo, en cambio, viajo solamente para mis asuntos.
Ante estas palabras sospeché que el americano no era el compañero de viaje que yo habla soñado. El tenia mercancías que vender, mientras que yo no tenia nada que comprar
(...)

Julio Verne. A través de la estepa.