Dése una vuelta después de cenar por el salón-bar de uno de esos megahoteles donde no sabe uno si está en Rotterdam o Roma, y se verá rodeado de individuos sobriamente vestidos que desdoblan pliegos impresos en ordenador extraídos de sus carteras negras de ejecutivo, o que se hallan volcados sobre una pila de mensajes de fax, revisando la apretada agenda del día siguiente.
Son hombres en viaje de negocios y, según la leyenda que les precede, a tan altas horas deberían estar en un club nocturno ciñendo con sus brazos los talles cimbreantes de sendas mujeres rubias

A menos que sean realmente peces gordos y, en consecuencia, que sus esbirros locales se desvivan invitándoles a almorzar en el restaurante lacustre y a un palco en la ópera, la mayor parte de los visitantes empresariales se sentirán afortunados cuando puedan ver del espectáculo de la vida algo más que lo que se atisba desde el restaurante giratorio de la terraza de su hotel. No es que eso les moleste: la información oficiosa que cambalachean entre sí los hombres de negocios no es sobre las mejores playas o el embrujo del barrio chino, sino sobre qué arreglo de avión y vehículo alquilado ofrece las condiciones más provechosas, dónde se compran los artículos libres de impuestos más baratos y qué aerolínea es más generosa dispensando abonos a los clientes regulares.

Keith Waterhouse. Teoría y práctica del viajar.