La vuelta al mundo en 80 días. Julio Verne.

En el año 1872, la casa número 7 de Saville-Row, Burlington Gardens —donde murió Sheridan en 1814— estaba habitada por Phileas Fogg, quien a pesar de que parecía haber tomado el partido de no hacer nada que pudiese llamar la atención, era uno de los miembros más notables y singulares del Reform Club de Londres. (...)


Phileas Fogg, era inglés de pura cepa; pero quizás no había nacido en Londres. Jamás se le había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos mercantiles de la City. Ni (...)
Phileas Fogg era miembro del Reform-Club, y nada más.

¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera hallarse del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y a menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de memoria. (...)


—Sostengo —dijo Andrés Stuart— que la probabilidad está en favor del ladrón, que no puede dejar de ser un hombre sagaz.
—¡Imposible! —respondió Gualterio Ralph—. Sólo hay un país en donde pueda refugiarse.
—¡Tendría que verse!
—¿Y adónde queréis que vaya?
—No lo sé —respondió Andrés Stuart—, pero me parece que la Tierra es muy grande.
—Antes sí lo era... —dijo a media voz Phileas Fogg; añadiendo después y presentando las cartas a Tomás Flanagan—. A vos os toca cortar.
—¡Cómo que antes! ¿Acaso la Tierra ha disminuido?
—Sin duda que sí —respondió Gualterio Ralph—. Opino como mister Fogg. La Tierra ha disminuido, puesto que se recorre hoy diez veces más aprisa que hace cien años. Y esto es lo que, en el caso de que nos ocupamos, hará que las pesquisas sean más rápidas.
—Y que el ladrón se escape con más facilidad.
—Os toca jugar a vos —dijo Phileas Fogg.
Pero el incrédulo Stuart no estaba convencido, y dijo al concluirse la partida:
—Hay que reconocer que habéis encontrado un chistoso modo de decir que la Tierra se ha empequeñecido. De modo que ahora se le da vuelta en tres meses...
—En ochenta días tan sólo —dijo Phileas Fogg.
—En efecto, señores —añadió John Sullivan—, ochenta días, desde que la sección entre Rothal y Altahabad ha sido abierta en el Great Indican Peninsular Railway, y he aquí el cálculo establecido por el "Morning Chronicle".

De Londres a Suez por el Monte Cenis y Brindisi, ferrocarril y vapores
7
De Suez a Bombay, vapores
18
De Bombay a Calcuta, ferrocarril
8
De Calcuta a Hong-Kong (China), vapores
13
De Hong-Kong a Yokohama (Japón), vapor
6
De Yokohama a San Francisco, vapor
22
De San Francisco a Nueva York, ferrocarril
7
De Nueva York a Londres, vapor y ferrocarril
9
TOTAL
80

—¡Sí, ochenta días! —exclamó Andrés Stuart, quien por inadvertencia cortó una carta mayor—. Pero eso sin tener en cuenta el mal tiempo, los vientos contrarios, los naufragios, los descarrilamientos, etc.
—Contando con todo —respondió Phileas Fogg siguiendo su juego, porque ya no respetaba la discusión el whist.
—¡Pero si los indios o los indostanes quitan las vías! —Exclamó Andrés Stuart—; ¡si detienen los trenes, saquean los furgones y hacen tajadas a los viajeros!
—Contando con todo —respondió Phileas Fogg, que tendiendo su juego, añadió—: Dos triunfos mayores.
Andrés Stuart, a quien tocaba dar, recogió las cartas, diciendo:
—Teóricamente tenéis razón, señor Fogg; pero en la práctica...
—En la práctica también, señor Stuart.
—Quisiera verlo.
—Sólo depende de vos. Partamos juntos.
—¡Líbreme Dios! Pero bien, apostaría cuatro mil libras a que semejante viaje, hecho con esas condiciones, es imposible.
—Muy posible, por el contrario —respondió Fogg.
—Pues bien, hacedlo.
—¿La vuelta al mundo en ochenta días?
—Sí.
—No hay inconveniente.
—¿Cuándo?
—En seguida. Os prevengo solamente que lo haré a vuestra costa.
—¡Es una locura! —Exclamó Andrés Stuart, que empezaba a resentirse por la insistencia de su compañero de juego—. Más vale que sigamos jugando.
—Entonces, volved a dar, porque lo habéis hecho mal.
Andrés Stuart recogió otra vez las cartas con mano febril, y de repente, dejándolas sobre la mesa, dijo:
—Pues bien, sí, mister Fogg, apuesto cuatro mil libras...
—Mi querido Stuart —dijo Fallentin—, calmaos. Esto no es formal.
—Cuando dije que apuesto —respondió Stuart—: es en formalidad.
—Aceptado —dijo Fogg: y luego, volviéndose hacia sus compañeros, añadió—: Tengo veinte mil libras depositadas en casa de Baring hermanos. De buena gana las arriesgaría.
—¡Veinte mil libras! —Exclamó John Sullivan—. ¡Veinte mil libras, que cualquier tardanza imprevista os puede hacer perder!
—No existe lo imprevisto —respondió sencillamente Phileas Fogg.
—¡Pero, mister Fogg, ese transcurso de ochenta días sólo está calculado como mínimo!
—Un mínimo bien empleado basta para todo.
—¡Pero a fin de aprovecharlo, es necesario saltar matemáticamente de los ferrocarriles a los vapores y de los vapores a los ferrocarriles!
—Saltaré matemáticamente.
—¡Es una broma!
—Un buen inglés no se bromea nunca cuando se trata de una cosa tan formal como una apuesta —respondió Phileas Fogg—. Apuesto veinte mil libras contra quien quiera a que yo doy la vuelta al mundo en ochenta días, o menos, sean mil novecientas veinte horas, o ciento quince mil doscientos minutos. ¿aceptáis?
—Aceptamos —respondieron los señores Stuart, Falletín, Sullivan, Fianagan y Ralph después de haberse puesto de acuerdo.
—Bien —dijo Fogg. El tren de Dover sale a las ocho y cuarenta y cinco. Lo tomaré.
—¿Esta misma noche? —preguntó Stuart.
—Esta misma noche —respondió Phileas Fogg—. Por consiguiente— añadió consultando un calendario del bolsillo—: puesto que hoy es miércoles 2 de octubre deberé estar de vuelta en Londres, en este mismo salón del Reform-Club, el sábado 21 de diciembre a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde ...

(...)

Partimos dentro de diez minutos para Dover y Calais.
Al rostro redondo de Passepartout asomó una especie de mueca. Era evidente que había oído mal.
—¿El señor va a viajar? —preguntó.
—Sí —respondió Phileas Fogg—. Vamos a dar la vuelta al mundo.
Passepartout, con los ojos excesivamente abiertos, los párpados y las cejas en alto, los brazos caídos, el cuerpo abatido, ofrecía entonces todos los síntomas del asombro llevado hasta el estupor.
—¡La vuelta al mundo! —dijo entre dientes.
—En ochenta días —respondió mister Fogg—. No tenemos un momento que perder. (...)