En el transcurso de toda la etapa educativa se realizan numerosas
salidas, viajes e intercambios. La elección del destino,
especialmente en los viajes de fin de curso, se convierte frecuentemente
en un tema de discusión y polémica debido a la
diversidad de expectativas que se generan. Esta circunstancia
se repetirá posteriormente en los sucesivos viajes que
se planifican a lo largo de la vida adulta.
Viajar es desplazarse par ver aquello que se tiene necesidad
de conocer, pero pueden existir otras motivaciones, desde el
placer de hacer cosas diferentes hasta el prestigio social que
se obtiene comentando y explicando el viaje y sus fotogramas.
De hecho, muchas dicotomías expresan las diversas finalidades
de los viajes: culturales o festivos; ciudad o campo; organizado
o improvisado; intensivo o de relajación; montaña
o playa; Europa o África; Norte o Sur; real o imaginario;
voluntario o obligado; de conquista o de huida; abrir caminos
o seguir el itinerario marcado; exilio o retorno; en coche o
en tren; en barco o en avión; a pie o en bicicleta; a
Santiago o a la Meca; 1 semana o 80 días; al centro de
la Tierra o a la Luna; ser viajero o hacer de turista; ...
Pero ¿qué mueve a la gente a viajar más
allá del placer de conocer y de los gustos personales? ¿Forma
parte de un comportamiento instintivo?
A lo largo de millones de años de evolución biológica
la selección natural ha ido fijando genéticamente
unas pocas funciones básicas muy útiles para la
supervivencia: la alimentación, la respiración,
la reproducción, que acompañadas de los correspondientes
estímulos (el hambre, la sed, el impulso respiratorio,
la atracción sexual) constituyen la base del comportamiento
instintivo. ¿Se encuentra el impulso viajero entre estas
funciones?
El paso del paleolítico al neolítico representó una
transformación de las relaciones entre el hombre y su
entorno. Se pasó de una economía depredadora y
un estilo de vida nómada a una economía productiva
y un estilo de vida sedentario, organizado alrededor de los centros
urbanos y sustentado en la agricultura y la ganadería.
Unos miles de años más tarde el primitivo estilo
de vida nómada, muy domesticado por la civilización
y la cultura, continúa vigente a través del impulso
viajero que mueve a millones de personas de todo el mundo a desplazarse
durante un determinado periodo de tiempo en busca de diversos
fines.
A su vez vivimos un momento histórico en que se hace
evidente que nos encontramos en un entorno global, pero en un
planeta finito, cerrado y pequeño. Algunas fronteras desaparecen
y casi todo viaja, desde las enfermedades a las personas, pasando
por las mercancías y el capital. En estas condiciones
estallan nuevas pugnas entre la identidad de las diferentes culturas
y la globalización.
¿Cómo se ha de organizar la convivencia entre
tanta gente diferente, con las ideas y los intereses muchas veces
contrapuestos, con unas culturas, lenguas y creencias tan diversas?
Quizás aquellos que han viajado lo tienen un poco más
fácil para encontrar algunas respuestas.