Tecnologies avançades al servei d'idees
equivocades
El vuelo aerostática, -que deportivamente está de
nuevo en auge, y se comprende, porque es de una belleza inefable-
en tiempos vio con recelo e incluso con desprecio los intentos
de «aquellos chalados con sus locos cacharros» que
fueron los pioneros de la aviación. Volar con algo más
pesado que el aire que alcanzaba a desplazar no parecía
una opción sensata, ni siquiera posible, a los teóricos
de la aerostación. Pero pronto se demostró que
sí lo era, y de qué forma.
Lo sorprendente fue el pertinaz empecinamiento de los partidarios
de los globos dirigibles, a principios de siglo, empeñados
en ganar la partida a los aviones. Es una historia muy interesante,
cargada de reflexiones aleccionadoras.
El conde Ferdinand von Zeppelin, militar e inventor alemán,
sobresalió como nadie en el intento. Entre 1900 y 1917
construyó numerosos «zepelines», unos tan
bellos como difícilmente gobernables cilindros de estructura
metálica (hasta entonces todos los dirigibles habían
sido globos blandos), cargados de livianísimo hidrógeno:
volaban mal, pero, eso sí, se incendiaban wagnerianamente...
Los aparatos de Zeppelin eran barcos aéreos (como cualquier
otro dirigible obedecían al mismo principio de Arquímedes)
o, más exactamente, submarinos. Eran submarinos del aire
que se sumergían en las profundidades de las alturas...
Eran todo eso y, sobre todo, eran un monte pariendo ratones,
por su escasa capacidad portativa para lo descomunal de su carcasa.
El LZ 127 Graf Zeppelin, tal vez el más famoso y operativo
de todos, transportaba sólo 20 pasajeros a través
del Atlántico, pero necesitaba una tripulación
de 45 personas, que lo manejaban como si de un gran barco de
recreo se tratara.
Los dirigibles son un excelente ejemplo
de avanzada tecnología al servicio de una idea equivocada,
más o menos como las máquinas de escribir eléctricas
o incluso las electrónicas, liquidadas, nada más
nacer, por los ordenadores emergentes: no se puede usar la
cibernética para ponerle simplemente pedales a una venerable
Underwood. Vale la pena sacar conclusiones. Definitivamente, los
dirigibles eran tecnología punta puesta en una vía
muerta.
La evolución biológica está también repleta
de situaciones semejantes. Los zepelines eran gigantescos dinosaurios
acosados por eficientes pequeños mamíferos que esperaban
su oportunidad. Compensar con cantidad lo que no funciona
por calidad nunca da buenos resultados. Lo que hacía competitivos
a los mamíferos era la eficacia de su sistema reproductor, la
relativa independencia ante las condiciones climáticas que les
confería su fisiología homeoterma (animales de sangre caliente)
y el prometedor desarrollo de su cerebro.
Pero siempre hay condes Von Zeppelin apostados que optan prepotentemente
por mejorar la mala idea y que, orgullosos de su torpe dinosaurio
enorme, desprecian el ingenio del audaz mamífero incipiente. Para
ellos la tecnología es hacer reptiles cada vez mayores,
balones de hidrógeno cada vez más peligrosos y
armazones inmaniobrables cada vez mejor soldados.
El motor de explosión y ciclo alternativo
es otro de esos ejemplos, aunque en su caso el derroche de ingenio
para hacer operativo ese invento demencial ha sido enorme, de
modo que sigue vivo y arrogante, si bien por poco tiempo, me
parece.
La vida, pues, se vive contra el viento y a fuerza de ingenio
y pasión; de lo contrario, deviene no sólo insulsa,
sino francamente peligrosa. Que se lo pregunten, si no, a las
gallinas, a los dinosaurios o a los zepelines. Volar bajo y despacio
es muy arriesgado; peligroso, de hecho.
Ramon Folch. El vicio de mirar. Pasiones
y paisajes de un ecólogo. 2000. Ed. Planeta
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