Los cuadernos de don Rigoberto
| Clorofila y bosta Siento tener que decepcionarlo. Sus apasionadas arengas en favor de la preservación de la Naturaleza y del medio ambiente no me conmueven. Nací, he vivido y moriré en la ciudad y alejarme de la urbe, aun cuando sea por un fin de semana, es una servidumbre a la que me someto a veces por obligación familiar o razón de trabajo, pero siempre con disgusto. (...) Entiendo que, a gentes como usted, un paisaje aliñado con vacas paciendo entre olorosas yerbas o cabritas que olisquean algarrobos, les alboroza el corazón y hace experimentar el éxtasis del jovenzuelo que por primera vez contempla una mujer desnuda. (...) Sé que ofendo sus más caras creencias, pues no ignoro que usted y los suyos -¡otra conspiración colectivista!- están convencidos, o van camino de estarlo, de que los animales tienen derechos y acaso alma, todos, sin excluir al anófeles palúdico, la hiena carroñera, la sibilante cobra y la piraña voraz. Yo confieso paladinamente que para mí los animales tienen un interés comestible, decorativo y acaso deportivo . (...) Si así pienso de esos cuadrúpedos y pajarracos, ya puede usted imaginar los humores que despiertan en mí sus susurrantes árboles, espesos bosques, deleitosas frondas, ríos cantores, hondas quebradas, cumbres cristalinas, similares y anejos. Todas esas materias primas tienen para mí sentido y justificación si pasan por el tamiz de la civilización urbana, es decir, si las manufactura y transmuta -no me importa que digamos irrealiza, pero preferiría la desprestigiada fórmula las humaniza- el libro, el cuadro, el cine o la televisión. (...) La Naturaleza no pasada por el arte o la literatura, la Naturaleza al natural, llena de moscas, zancudos, barro, ratas y cucarachas, es incompatible con placeres refinados, como la higiene corporal y la elegancia indumentaria. Para ser breve, resumiré mi pensamiento -mis fobias, en todo caso-- explicándole que si eso que usted llama «peste urbana» avanzara incontenible y se tragara todas las praderas del mundo y el globo terráqueo se recubriera de una erupción de rascacielos, puentes metálicos, calles asfaltadas, lagos y parques artificiales, plazas pétreas y parkings subterráneos, y el planeta entero se encasquetara de cemento armado y vigas de acero y fuera una sola ciudad esférica e interminable (eso sí, repleta de librerías, galerías, bibliotecas, restaurantes, museos y cafés) el suscrito, homus urbanus hasta la consumación de sus huesos, lo aprobaría. Por las razones susodichas, no contribuiré con un solo centavo a los fondos de la Asociación Clorofila y Bosta que usted preside y haré cuanto esté a mi alcance (muy poco, tranquilícese), para que sus fines no se cumplan y a su bucólica filosofía la arrolle ese objeto emblemático de la cultura que usted odia y yo venero: el camión. Mario Vargas Llosa. Los cuadernos de Don Rigoberto.
Madrid 1997. Ed. Alfaguara. |