| (...) eres el sentimiento del desarraigo y de la extrañeza, de no estar del todo en ninguna parte, de no compartir las certidumbres de pertenencia que en otros parecen tan naturales o tan fáciles, la seguridad con que muchos de ellos se acomodan o poseen, o se dejan acomodar o poseer, o dan por supuesta la firmeza del suelo que pisan, la solidez de sus ideas, la duración futura de sus vidas. Eres siempre un huésped que no está seguro de haber sido invitado, un inquilino que teme que lo expulsen, un extranjero al que le falta algún papel para regularizar su situación, un niño gordito y apocado entre los fuertes y los brutos del patio de la escuela, el lento de los pies planos entre los soldados del cuartel, el afeminado y retraído entre los agresivamente machos, el alumno modelo que se muere por dentro de soledad y vergüenza y quisiera ser uno de esos réprobos de la clase que se burlan de él, el padre de familia embalsamado de tedio y rencor conyugal que mira de soslayo a las mujeres mientras pasea del brazo de la suya un domingo por la tarde, por una calle de su ciudad de provincia, el empleado interino que no acaba de lograr un contrato fijo, el negro o el marroquí que salta a una playa de Cádiz desde una barca clandestina y se interna de noche en un país desconocido, empapado, muerto de frío, huyendo de los faros y las linternas de los guardias civiles (...)
Puedes despertar una mañana a la hora ingrata del madrugón laboral y descubrir con menos extrañeza que vergüenza que te has convertido en un enorme insecto, puedes entrar al café de todos los días creyendo que nada se ha modificado ni en ti ni en el mundo exterior y comprobar en el periódico que ya no eres quien creías que eras y no estás a salvo de la persecución y la infamia. Puedes llegar a la consulta del médico creyéndote invulnerable a la muerte, titular de un tiempo de vida prácticamente ilimitado, y salir media hora más tarde sabiendo que hay algo que te aleja y te separa de los otros, aunque nadie todavía pueda advertirlo en tu cara, que a diferencia de ellos, que se imaginan eternos, tú llevas contigo, dentro de ti, por la misma calle por la que viniste con tanta despreocupación, una sombra que ellos no ven y en la que no piensan, aunque también les ronde y les esté esperando. Eres el médico que aguarda en la penumbra de su despacho al paciente a quien debe darle la noticia de su enfermedad, y teme el momento de su llegada y el de las neutras palabras necesarias, pero sobre todo eres el otro, el enfermo, que todavía no sabe que lo es, que aún viene tranquilamente por una calle habitual dándose tiempo porque llega temprano a la cita, hojeando un periódico que acaba de comprar y que se quedará olvidado en la mesita de la sala de espera, un periódico con una fecha igual a cualquier otra en la sucesión de los días y que sin embargo marcará la frontera, el antes y el después, el último día de una vida y el comienzo de otra en la que ya no puedes ser el mismo, en la que recordarás a quien fuiste hasta ese momento como alguien más ajeno a ti que un desconocido.
Sefarad. Antonio Muñoz Molina. |