| Problemas ambientales Cuando se trata de producir bienes sujetos a externalidades, la gente y las empresas que emplean bienes contaminantes tienden a ignorar los efectos perniciosos que éstos tienen sobre los demás, que se ven obligados a consumir la contaminación aunque no quieran, por lo que tienden a excederse. Por otro lado, los usuarios de bienes comunales (como los peces del mar o las carreteras) tienden a sobreexplotar dichos recursos, hecho que, en determinadas ocasiones, puede terminar representando la extinción de algunas especies animales o vegetales. A raíz de todo esto, algunos globófobos insisten en acusar a la globalización y a los mercados de generar importantes desastres ecológicos, que van desde el recalentamiento de la Tierra hasta la lluvia ácida, pasando por la destrucción de zonas forestales o la extinción de especies animales y vegetales. En la medida en que los mercados tienden a producir demasiados bienes sujetos a externalidades negativas -y lo hacen- y tienden a sobreexplotar los bienes comunales -y lo hacen-, los globófobos tienen razón. En la medida en que utilizan ese argumento para intentar detener el proceso de globalización, no. El motivo es que existen diferentes formas de solucionar todos esos problemas, algunas de ellas superiores a la simple prohibición. Una de ellas es la regulación o la introducción de cuotas de utilización. Otra es la creación de impuestos con efecto disuasorio a la hora de producir o utilizar ese tipo de bienes. Ahora bien, irónicamente, para imponer ese tipo de regulación o de fiscalidad, se necesitan unas instituciones internacionales fuertes, ¡instituciones que son boicoteadas y apedreadas por los miembros violentos del movimiento de la globofobia cada vez que celebran alguna de sus reuniones anuales! A esas dos propuestas se podrían añadir otras más creativas. Por ejemplo, se puede crear el entorno necesario para que las empresas inviertan en investigación y desarrollo con el objetivo de crear tecnologías alternativas que no contaminen o que no congestionen tanto. La solución óptima no pasa por la prohibición de dichas actividades, ni por su nacionalización o socialización y, mucho menos, por el cierre de las fronteras a la globalización. Es más, algunos de estos procesos contaminantes o sobre explotadores nada tienen que ver con la economía de mercado y la globalización, sino con el hecho de que las cosas se deben producir. Las economías cerradas y sin mercados no parecen respetar más el entorno natural de lo que lo hacen las economías abiertas de mercado. Lo que sí está claro es que las preocupaciones por el entorno ecológico aumentan cuando las personas adquieren un cierto grado de bienestar económico. El mejor ejemplo lo hallamos entre los mismos grupos ecologistas. Un rápido vistazo a los tripulantes del barco estrella de Greenpeace, el mítico Rainbow Warrior, nos enseña que los presuntos defensores del ecologismo son ciudadanos de países ricos, de extracción social más bien alta y con estudios. La explicación es bien simple: cuando uno es pobre, lo único que le preocupa es la obtención de comida y la salud de los hijos que tienen una elevada probabilidad de morir antes de cumplir los cinco años. La mejor manera de velar por el medio ambiente es generar riqueza en los países pobres y, tal como hemos dicho, eso no se consigue impidiendo el paso a las fuerzas de la globalización. Finalmente, hay que decir que la solución a los problemas ecológicos que más nos preocupan en la actualidad la aportará, con toda seguridad, la tecnología y el progreso científico. La globalización no sólo no es el problema sino que
forma parte de la solución. Xavier Sala i Martín. Ecomomía liberal
para no economistas y no liberales. |