| Globalización. La globalización se define como la situación en que existe el libre movimiento internacional de capital, trabajo, tecnología, comercio e información. El mundo actual no está totalmente globalizado (existen impedimentos para la emigración internacional, la tecnología y la información no ha llegado a todo el mundo, existen impedimentos legales al comercio (productos agrícolas y textiles) y la globalización de capitales e inversiones también está limitada en muchos países, aunque los mercados se extiendan. Para muchos la extensión de los mercados es positiva: permiten ampliar la libertad de comercio y de elección. Al reducir los costes de transporte y de las comunicaciones, la globalización aumenta el flujo de información que los consumidores tienen a su alcance y fomenta la competencia y la disciplina del mercado entre empresas. Y los países del tercer mundo pueden utilizar las ideas, las tecnologías y las innovaciones que han desarrollado los países avanzados. Y pueden pedir prestamos. Y captar la inversión extranjera. Y especializarse en la fabricación de artículos en los que más eficientes y productivos son. Globofobia A lo largo de los últimos años se ha ido formando un movimiento que se opone a la globalización y a la economía de mercado. Los orígenes de esos grupos son muy diversos y a menudo responden a intereses contrapuestos. Están formados por intelectuales, campesinos, ecologistas, estudiantes, pastores de cabras, sindicalistas, xenófobos proteccionistas de la extrema derecha norteamericana, okupas, feministas, artistas solidarios, organizaciones no gubernamentales y presuntos defensores de los países pobres. Los globófobos nos explican que la globalización es negativa porque genera desigualdades económicas entre unos ricos que cada día son más ricos y unos pobres que cada día son más pobres, porque fomenta las dictaduras políticas en perjuicio de las democracias, porque usurpa el poder a los gobiernos y lo brinda a las multinacionales, porque beneficia a las empresas en perjuicio de los trabajadores, porque contribuye a la explotación infantil, porque destruye el medio ambiente y porque es responsable de un sinfín de desgracias más. Parece como si todos los males de la humanidad, desde el hambre del Tercer Mundo hasta la falta de educación, pasando por la extinción de las ballenas y el efecto invernadero, fueran causados por esa globalización que se nos impone no se sabe exactamente desde dónde, pero que hay que detener como sea. No queda demasiado claro qué es lo que proponen como alternativa. Su mensaje tiende a ser una mera crítica destructiva (y casi siempre violenta) al proceso de globalización, sin ser demasiado precisos a la hora de hacer propuestas constructivas serias. Ahora bien, debemos suponer que quieren que los gobiernos limiten la acción de los mercados y reduzcan el grado de apertura de los países a las influencias presuntamente malignas del capital, las tecnologías y las inversiones de las empresas multinacionales de los países ricos. El debate sobre la globalización acostumbra plantearse en términos de solidaridad. Se nos pretende hacer creer que quien está a favor de los mercados y de la globalización es una persona mala e insolidaria, sin criterios y «al servicio del gran capital». Por el contrario se dice que se es solidario y buena persona si se es partidario de las limosnas, de la condonación de la deuda internacional y de las políticas públicas proteccionistas, planificadoras y antiglobalizadoras. Ni que decir tiene que este tipo de argumentaciones esperpénticas son erróneas y contraproducentes. Acusar sistemáticamente de malo a quien discrepa puede ser una buena estrategia populista, pero no es una buena estrategia intelectual. Ponerse a discutir sobre quién es más humanitario o más buen samaritano es perder el tiempo. Todos los que dedicamos nuestra a vida a ayudar a los países pobres somos igual de buenos o malos. Ni mejores, ni peores. Y dado que todos somos igual de buenos y que nuestro objetivo común es que los pobres dejen de serlo, la pregunta realmente importante no es quiénes más solidario, sino cuáles son las políticas internacionales que terminarán consiguiendo ese objetivo. En ese sentido, creo firmemente que si las propuestas de los grupos globófobos se llevaran a cabo, el mundo sería menos libre y menos democrático, los trabajadores serían más pobres, la desigualdad entre países no llegaría a reducirse jamás, los niños de los países pobres nunca llegarían a ir al colegio y seguirían trabajando a cambio de todavía menos dinero, y el medio ambiente se degradaría todavía más deprisa. Exactamente lo contrario de lo que pretenden. Es cierto que siguen existiendo centenares de millones de pobres en el mundo y no todos los ciudadanos del planeta pueden disfrutar de nuestro nivel de bienestar. La pregunta importante, sin embargo, es si la responsable de esas desgracias es la globalización. Si entendemos la globalización como el «libre movimiento internacional de cinco factores: el capital, el trabajo, las tecnologías, el comercio y la información», enseguida nos damos cuenta de que es bastante difícil que ésta sea la causante de la pobreza del mundo. Entre otras cosas, porque la globalización todavía no ha llegado al Tercer Mundo: ni los ciudadanos africanos pueden emigrar en libertad, ni pueden exportar sus bienes agrícolas a Europa, ni el capital de los países ricos fluye para invertir en África, ni las nuevas tecnologías son fácilmente accesibles desde el continente negro, ni la información circula libremente por el continente. Es decir: ninguna de las condiciones que definen la globalización
se da en África. y si la globalización no ha llegado a
los países pobres, ¿cómo puede ser responsable
de su pobreza? ¿No será que, si hay un problema, es que
la globalización todavía no ha llegado a las zonas más
pobres del planeta? Xavier Sala i Martín. Ecomomía liberal
para no economistas y no liberales. |